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  • Gabriel García Márquez y la narrativa de la transculturación

    De aculturación a transculturación

    Los procesos de transculturación existen desde que grupos humanos diversos se han encontrado y recíprocamente han adoptado costumbres, transformando a la vez la mentalidad y las costumbres de quienes hallaron en el encuentro. En Norteamérica dicho proceso es definido como aculturación y en la mayoría de los textos actuales sobre estudios sociales se emplea este vocablo para explicar contactos culturales en los cuales una comunidad supera en técnica y en número a la otra.

    El término aculturación fuer revisado y redefinido por Fernando Ortiz como transculturación en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. A partir del estudio de las transformaciones que se generaron en la cultura cubana y en la europea desde la Conquista -especialmente en relación con las concepciones religiosas, morales y alimenticias que sobre el tabaco y el azúcar tenían y tuvieron posteriormente ambas culturas- Fernando Ortiz encontró que las dos comunidades se hallaron implicadas en procesos de conocimiento, adquisición, pérdida y transformación de costumbres fuertemente arraigadas antes del encuentro y que dichos procesos no fueron tan desiguales como para llamarlos de aculturación. Concluyó que es más apropiado llamar a los contactos culturales, sin importar el grado de desarrollo técnico de cada comunidad, procesos de transculturación.

    A partir de la reflexión sobre la manera en que dos productos desconocidos para los europeos transformaron de manera abrupta costumbres muy bien cimentadas antes del descubrimiento, Fernando Ortiz contribuyó para que se recapacitara sobre la actitud despectiva frente a culturas que por no poseer categorías estéticas o morales similares a las de quien las estudia son consideradas inferiores, sin tener en cuenta la influencia que estas culturas han tenido sobre las clasificadas como superiores.

    Para explicar mejor el concepto transculturación Fernando Ortiz considera que es importante crear dos neologismos complementarios, indispensables para comprender y explicar el proceso sociocultural. Lo justifica de la siguiente manera:

    Porque éste (el proceso transculturador), no consiste solamente en adquirir una distinta cultura, que es lo que en rigor indica la voz anglo-americana aculturación, sino que el proceso implica también necesariamente la pérdida o desarraigo de una cultura precedente, lo que pudiera decirse una parcial desculturación, y además significa la consiguiente creación de nuevos fenómenos culturales que pudieran denominarse de neoculturación. (Ortiz. 1978: 135)

    Transculturación narrativa

    Los novelistas que han adoptado la toma de posición que Angel Rama ha denominado narrativa de la transculturación comparten la dedicación por el estudio y el esfuezo por comprender y ficcionalizar hablas y expresiones culturales de regiones relativamente aisladas de América Latina; asumen el predominio de la oralidad en la región de su interés como la clave de un conjunto de recursos de representación literaria. A través del conocimiento de la configuración mental de los habitantes de esta región y de los principales problemas sociales que los aquejan, se propusieron lograr, después de un exigente proceso de elaboración, la producción de un efecto de oralidad con repercusiones estéticas e ideológicas en cada caso particular (Pacheco, 1992).

    Independencia, originalidad y representatividad literaria, categorías definidas por Angel Rama (1982: 11-20), son, después de la consolidación de las naciones latinoamericanas, los pilares sobre los cuales debía fundarse el proyecto literario, que no podía ser indígena porque existía una fuerte marca dejada por los europeos, comenzando por la lengua y las tradiciones implantadas, como tampoco se podía sustentar en la plácida imitación de los modelos europeos. Los tres aspectos fueron logrados por los transculturadores después de transcurrido mucho tiempo de intentos de escritores regionalistas por crear obras que, además de poseer gran valor estético, representaran con verosimilitud los lenguajes simbólicos y orales interiorizados y empleados por individuos de comunidades fuertemente orales.

    El deseo de dar a conocer los imaginarios de algunas comunidades rurales e indígenas y de hacer de éstas el eje central de una propuesta estética simultánea en varios países latinoamericanos maduró, entre otras cosas, debido a las transformaciones que ocurrieron en América Latina tras la primera Guerra Mundial:

    Tras la primera guerra mundial, una nueva expansión económica y cultural de las metrópolis se hace sentir en América Latina y los beneficios que aporta a un sector de sus poblaciones no esconde las rupturas internas que genera ni los conflictos internos que han de acentuarse tras el crac económico de 1929. Se intensifica el proceso de transculturación en todos los órdenes de la vida americana. Uno de sus capítulos lo ocupan los conflictos de las regiones interiores con la modernización que dirigen capitales y puertos, instrumentada por las élites dirigentes urbanas que asumen la filosofía del progreso. La cultura modernizadora de las ciudades, respaldada en sus fuentes externas y en su apropiación del excedente social, ejerce sobre su hinterland una dominación (trasladando de hecho su propia dependencia de los sistemas culturales externos) a los que prestan eficaz ayuda los instrumentos de la tecnología nueva… A las regiones internas, que representan plurales conformaciones culturales, los centros capitalinos les ofrecen una disyuntiva fatal en sus dos términos: o retroceden entrando en agonía, o renuncian a sus valores, es decir, mueren (Rama. 1982: 28).

    En las obras de los narradores de la transculturación (Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Joao Guimaraes Rosa…) la lengua y las estructuras literarias son objeto de especial atención; gracias al manejo de estos recursos es posible percibir en algunas de las novelas más representativas (Pedro Páramo, Cien años de soledad, Gran sertón: Veredas…) las diferencias con otras manifestaciones estéticas escritas que, aunque también se destacan por la oralidad, generan otro tipo de efectos en los lectores. El efecto que se proponen producir los transculturadores con la estilización del habla regional es la sensación -en el lector- de encontrarse ante la recreación de voces rurales o populares auténticas y de presentar las particularidades culturales de la comunidad, su manera de concebir el mundo, el amor, la vida… a través del uso que los narradores y los personajes hacen de la lengua.

    Se trata, nada menos, de escribir la realidad (y no de describirla, de imitarla, sino de dejarla en cierto modo que se produzca a sí misma, representación natural de la naturaleza); es decir, de hacer aquello que define propiamente la literatura, pero a propósito de la realidad más banalmente real, la más corriente y moliente que, por oposición a lo ideal, no está hecha para ser escrita… hay que afirmar el poder que pertenece al arte de constituirlo todo gracias a la virtud de la forma… de transmutarlo todo en obra de arte gracias a la eficacia de la propia escritura (Bourdieu. 1997: 165).

    Si recordamos las principales características propuestas por Angel Rama sobre la manera como los narradores de la transculturación emplean la lengua, podemos percibir, antes de hacer cualquier análisis textual de las obras amparadas bajo la ficcionalización de la oralidad, que la mayoría se rige a partir de estos principios:

    1. Se prescinde del uso de glosarios, estimando que las palabras regionales transmiten su significado dentro del contexto lingüístico aún para quienes no las conocen.

    2. El léxico, la prosodia y la morfosintaxis de la lengua regional, aparece como el campo predilecto para prolongar los conceptos de originalidad y representatividad, fundamentos de la “plasticidad cultural”.

    3. Lo que antes era la lengua de los personajes populares y, dentro del mismo texto se oponía a la lengua del escritor o del narrador, invierte su posición jerárquica: en vez de ser la excepción y de singularizar al personaje sometido al escudriñamiento del escritor, pasa a ser la voz que narra… no remeda simplemente un dialecto, sino que utiliza formas sintácticas o lexicales que le pertenecen dentro de una lengua coloquial.

    4. El autor se ha reintegrado a la comunidad lingüística y habla desde ella con desembarazado uso de los recursos idiomáticos… es a partir de su sistema lingüístico que trabaja el escritor, quien no procura imitar desde fuera un habla regional, sino elaborarla desde dentro con una finalidad artística.

    5. Desde el momento en que el escritor no se percibe a sí mismo como fuera de la comunidad lingüística, sino que la reconoce sin rubor, ni disminución como propia… investiga las posibilidades que ésta le proporcionan para construir una específica lengua literaria dentro de su marco (Rama. 1982: 41-42).

    Al introducirse en las raíces de la cultura y sentirse como parte de ésta el escritor transculturador descubre aspectos que le eran desconocidos, identifica rasgos particulares de la interioridad de los habitantes del lugar que difieren ampliamente de los representados en las obras en la que el escritor se distancia de la región o de la realidad que desea representar, de la misma manera que se distancia de sus personajes cuando se convierte en narrador.

    En la narrativa de la transculturación pocas veces los narradores explican las situaciones que viven los personajes, a través de la ficcionalización de la oralidad éstos lo hacen por sí mismos en narraciones que se asemejan al testimonio y que producen en el lector la sensación de que aquello que lee no es el resultado del esfuerzo de un artista por lograr verosimilitud en su creación, sino que se trata de la transcripción de relatos orales de personas que desconocen la escritura o la emplean sólo con fines prácticos. La voz de los narradores no es fría y distante, como si fuera la de un hombre culto, distanciado y objetivo que expone situaciones que le son ajenas, sino que esta voz se mezcla y se confunde con la de los personajes.

    La ficcionalización de la oralidad se ha constituido en una apuesta estética enmarcada en la concepción que parte de la negación de la superioridad cultural de unas comunidades en relación con otras, una actitud eminentemente antieurocentrista ratificada a partir de los textos de Fernando Ortiz -desde la perspectiva antropológica- que luego sirvió de sustento para fundamentar la teoría sobre la transculturación narrativa, emprendida por Angel Rama y ratificada en la actualidad por estudiosos de la literatura latinoamericana como Carlos Pacheco.

    Mientras que la fetichización de la escritura es un rasgo que caracteriza a los miembros de la ciudad letrada, a los herederos de “la lengua pública y de aparato, que resultó fuertemente impregnada por la norma cortesana procedente de la península, la cual fue extremada sin tasa cristalizando en formas expresivas barrocas de sin igual duración temporal” (Rama. 1984: 4), la ficcionalización de la oralidad es uno de los rasgos que caracteriza la escritura de los narradores de la transculturación, más interesados en los usos populares de la lengua, en “la algarabía, la informalidad, la torpeza y la invención incesante del habla popular, cuya libertad se identificó (desde la perspectiva de los “letrados”) con corrupción, ignorancia, barbarismo” (Rama. 1984: 5).

    Bibliografía

    Lienhard, Martín. La voz y su huella: Escritura y conflicto étnico-social en América Latina (1492-1988). La Habana: Casa de las Américas. 1990.

    Ortiz, Fernando. Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. Caracas: Biblioteca Ayacucho. 1978.

    Pacheco, Carlos. La comarca oral. Caracas: La Casa de Bello: 1992.

    Rama. Angel. La ciudad letrada. Hanover: Ediciones del norte. 1984.

    ________ Transculturación narrativa en América Latina. México: Siglo XXI. 1982.

    Todorov, Tzvetan. La conquista de América. La cuestión del otro. México: Siglo XXI. 1987.

  • La verdad sobre la verdad

    La verdad es algo tan infrecuente que es preciso decirla, dijo Emily Dickinson, pero qué es la verdad, es tan fácil especular sobre la verdad y la mentira…

    Dijo también: Nunca intenté levantar palabras que no puedo sostener y tenía razón: a lo largo de su vida se esforzó por ser fiel a su naturaleza. Para la mayoría de los lectores y críticos esta mujer excepcional sigue siendo una loca virgen solterona frustrada que no se realizó en la vida como nada, ni siquiera como mujer. No llegó a ser una empresaria exitosa como Shakira ni como Jennifer Lopez. Veía duendes, hadas, ángeles y gnomos. Hablaba con ellos y hablaba también con su perro, pero no eran conversaciones estúpidas como las de los amos con sus mascotas de apartamento alquilado de nuestro tiempo, no, se trataba de algo mucho más complejo, profundo, poético y sofisticado. Y lo más seguro es que el perro comprendía a la señora virgen que siempre caminaba con una flor en la mano y corría como una niña vestida de blanco por el bosque buscando seres de fantasía:

    Cuando frecuentaba el Bosque de Pequeña, me decían que una Serpiente podría picarme, que podría coger una flor venenosa o que los Duendes me podrían raptar, pero continué yendo y no encontré sino Ángeles, mucho más tímidos ante mí de lo que yo pudiera sentirme ante ellos.

    Oigo petirrojos a lo lejos y carretas a lo lejos y ríos a lo lejos, y todo se me aparece como apresurándose hacia algún sitio no desvelado para mí.

    También dijo Emily Dickinson:

    Siempre hay una cosa por la que estar agradecido -y es que uno sea uno mismo y no otro.

    Uno aprende, cuando se hace viejo, que ninguna ficción puede ser tan extraña ni parecer tan improbable, como lo sería la simple verdad.

    No nos dice qué es la verdad pero aspira a ella y ese detalle la convierte en un ser admirable. Se puede aspirar a llegar a la Verdad a través del arte, la ciencia o el misticismo, no a través del periodismo, la historia, la politología o el derecho. Hay periodistas, especialmente periodistas, que se autodefinen como Perros guardianes de la verdad, sí, perros guardianes de la verdad. Aquí no vamos a hablar de periodismo, no vamos a caer tan bajo.

    ***

    Ahora Pascal, el gran físico filósofo que fue tomado por un simple cristiano desquiciado por las mentes brillantes de su tiempo y por otras que vinieron después. Pocos lectores han logrado comprender la hondura del pensamiento de Pascal, Pierre Bourdieu es una de esas excepciones. A partir de su comprensión pudo conferirle a la sociología un estatus que nadie le había concedido antes.

    Pascal también aspiró a la verdad, pero no era tan optimista ni tan atrevido como los historiadores y algunos periodistas que trabajan para un medio, propiedad de un banquero español.

    Así reflexionaba Pascal, el fanático:

    La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

    No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

    No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

    Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

    ¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia? ¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

    Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

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    Nietzsche va un poco más allá que Pascal y que Emily Dickinson. Se instala en lo que más tarde plantearía Ferdinand de Saussure y algunos filósofos del lenguaje. Es la palabra la que nos lleva a ocultar la verdad, es la mentira, la falsedad, la maldad y el disimulo, la humanidad… es la convención, la comodidad y el miedo lo que nos lleva a engañarnos a conciencia y a engañar a los demás. Y sin embargo, a pesar de Nietzsche y de la filosofía del lenguaje, hay quien se atreve a defender con uñas y dientes ¡En pleno siglo XXI! la revelación de la verdad, la verdad revelada. Sienten -gracias a su formación universitaria- que la bella palabrita se manifiesta en un trabajo de investigación financiado por Colciencias que será publicado posteriormente en una revista indexada que hará todavía más respetables a sus autores.

    Con ustedes: Nietzsche, el loco.

    Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

    Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

    Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

    El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

    La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

    Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

    ¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

    ***

    Hay una literatura que se hace llamar La literatura de la verdad y se vende como la saga de Harry Potter. Los autores se deben proclamar fieles discípulos de Montaigne, Pascal, Flaubert y Proust. Narran con lujo de detalles -y con pésimo estilo- los actos más escabrosos de sus miserables vidas. Se trata de vidas no meditadas, dominadas por el exceso, el desenfreno y el consumo y lo que llaman literatura es apenas la expresión morbosa de unas vidas ordinarias que pretenden ser devoradas como se devoran las hamburguesas, las malteadas y las películas pornográficas. Hombres y mujeres ansiosos de ganar mucho dinero a costa de la literatura y asquerosos lectores que se sienten poseedores del arte porque leen estas páginas hediondas. Esos autores no hacen arte y esos lectores son dignos de los libros que les ofrecen, esa es la verdad pura y simple, ¿a quién queremos engañar?

    Hay un autor que soñó con la literatura del futuro, el gran autor del siglo XIX, este hombre no es puro como Emily Dickinson, fanático como Pascal ni loco como Nietzsche sino un pobre hombre enamorado del estilo y dolorosamente melancólico. Genio como pocos para imaginar el porvenir:

    Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa.

    Esa frase parece haberle dado vida a mucha literatura del presente pero pocos autores tienen en cuenta la otra frase de Flaubert para llegar al centro de las cosas y de los sentimientos:

    Soy el oscuro y paciente pescador de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

    O su obsesión por el estilo:

    Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

    Flaubert no habla mucho de la verdad, pero es uno de los grandes pensadores -sin definirse como Pensador y sin tener ningún título universitario- que más ha reflexionado sobre la verdad y la mentira, el engaño y el disimulo: Al leer estas verdades el lector corriente juzga al pobre Flaubert como amargado, frustrado, resentido, machista… Le encontrarán todos los defectos, pocos lo verán como un hombre que se esforzó por llegar al fondo de las cosas, a la sinceridad de sus sentimientos:

    ¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!

    Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.

    Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.

    La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.

    El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!

    Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.

    De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.

    A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.

    Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.

    Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.

  • Nietzsche al alcance de los niños

    No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.

    Si pudiéramos comunicarnos con la mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de ese mismo pathos, y se siente el centro volante de este mundo.

    Creemos saber algo de las cosas mismas cuando hablamos de árboles, colores, nieve y flores y no poseemos, sin embargo, más que metáforas de las cosas que no corresponden en absoluto a las esencias primitivas.

    Cómo, no obstante, podríamos decir legítimamente: la piedra es dura, como si además captásemos lo “duro” de otra manera y no solamente como una excitación completamente subjetiva!

    Todo lo que eleva al hombre por encima del animal depende de esa capacidad de volatilizar las metáforas intuitivas en un esquema; en suma, de la capacidad de disolver una figura en un concepto.

    Se ha inventado una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, y el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira.

    Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.

    El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado sería justamente “pobre”.

    El hombre descansa sobre la crueldad, la codicia, la insaciabilidad, el asesinato, en la indiferencia de su ignorancia y, por así decirlo, pendiente en sus sueños del lomo de un tigre! ¿De dónde procede en el mundo entero, en esta constelación, el impulso hacia la verdad?

    El hombre desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos.

    La omisión de lo individual y de lo real nos proporciona el concepto del mismo modo que también nos proporciona la forma, mientras que la naturaleza no conoce formas ni conceptos, así como tampoco ningún tipo de géneros, sino solamente una x que es para nosotros inaccesible e indefinible.

    Se encuentran profundamente sumergidos en ilusiones y ensueños; su mirada se limita a deslizarse sobre la superficie de las cosas y percibe “formas”, su sensación no conduce en ningún caso a la verdad, sino que se contenta con recibir estímulos, como si jugase a tantear el dorso de las cosas.

    ¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes.

    Mientras que toda metáfora intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto, sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la frialdad peculiares de la matemática.

    Así como los romanos y los etruscos dividían el cielo mediante rígidas líneas matemáticas y conjuraban en ese espacio así delimitado, como en un templum, a un dios, cada pueblo tiene sobre él un cielo conceptual semejante matemáticamente repartido y en esas circunstancias entiende por mor de la verdad, que todo dios conceptual ha de buscarse solamente en su propia esfera.

    Los diferentes lenguajes, comparados unos con otros, ponen en evidencia que con las palabras jamás se llega a la verdad ni a una expresión adecuada pues, en caso contrario, no habría tantos lenguajes. La “cosa en sí” (esto sería justamente la verdad pura, sin consecuencias) es totalmente inalcanzable y no es deseable en absoluto para el creador del lenguaje.

    El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

    El intelecto, como medio de conservación del individuo, desarrolla sus fuerzas principales fingiendo, puesto que éste es el medio, merced al cual sobreviven los individuos débiles y poco robustos, como aquellos a quienes les ha sido negado servirse, en la lucha por la existencia, de cuernos, o de la afilada dentadura del animal de rapiña.

    Del mismo modo que el astrólogo considera a las estrellas al servicio de los hombres y en conexión con su felicidad y con su desgracia, así también un investigador tal considera que el mundo en su totalidad está ligado a los hombres; como el eco infinitamente repetido de un sonido original, el hombre; como la imagen multiplicada de un arquetipo, el hombre.

    Le cuesta trabajo reconocer ante sí mismo que el insecto o el pájaro perciben otro mundo completamente diferente al del hombre y que la cuestión de cuál de las dos percepciones del mundo es la correcta carece totalmente de sentido, ya que para decidir sobre ello tendríamos que medir con la medida de la percepción correcta, es decir, con una medida de la que no se dispone.

    Si cada uno de nosotros tuviese una percepción sensorial diferente, podríamos percibir unas veces como pájaros, otras como gusanos, otras como plantas, o si alguno de nosotros viese el mismo estímulo como rojo, otro como azul e incluso un tercero lo percibiese como un sonido, entonces nadie hablaría de tal regularidad de la naturaleza, sino que solamente se la concebiría como una creación altamente subjetiva.

    No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención, dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme, mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos.

    Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos.

    En los hombres alcanza su punto culminante este arte de fingir; aquí el engaño, la adulación, la mentira y el fraude, la murmuración, la farsa, el vivir del brillo ajeno, el enmascaramiento, el convencionalismo encubridor, la escenificación ante los demás y ante uno mismo, en una palabra, el revoloteo incesante alrededor de la llama de la vanidad es hasta tal punto regla y ley, que apenas hay nada tan inconcebible como el hecho de que haya podido surgir entre los hombres una inclinación sincera y pura hacia la verdad.

    En la construcción de los conceptos trabaja originariamente el lenguaje; más tarde la ciencia. Así como la abeja construye las celdas y, simultáneamente, las rellena de miel, del mismo modo la ciencia trabaja inconteniblemente en ese gran columbarium de los conceptos, necrópolis de las intuiciones; construye sin cesar nuevas y más elevadas plantas, apuntala, limpia y renueva las celdas viejas y, sobre todo, se esfuerza en llenar ese colosal andamiaje que desmesuradamente ha apilado y en ordenar dentro de él todo el mundo empírico, es decir, el mundo antropomórfico.

    Lla “percepción correcta” —es decir, la expresión adecuada de un objeto en el sujeto— me parece un absurdo lleno de contradicciones, puesto que entre dos esferas absolutamente distintas, como lo son el sujeto y el objeto, no hay ninguna causalidad, ninguna exactitud, ninguna expresión, sino, a lo sumo, una conducta estética, quiero decir: un extrapolar alusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar.

    En un estado natural de las cosas, el individuo, en la medida en que se quiere mantener frente a los demás individuos, utiliza el intelecto y la mayor parte de las veces solamente para fingir, pero, puesto que el hombre, tanto por la necesidad como por hastío, desea existir en sociedad y gregariamente, precisa de un tratado de paz y, de acuerdo con este, procura que, al menos, desaparezca de su mundo el más grande bellum omnium contra omnes. Este tratado de paz conlleva algo que promete ser el primer paso para la consecución de ese misterioso impulso hacia la verdad.

    Sólo mediante el olvido de este mundo primitivo de metáforas, sólo mediante el endurecimiento y petrificación de un fogoso torrente primordial compuesto por una masa de imágenes que surgen de la capacidad originaria de la fantasía humana, sólo mediante la invencible creencia en que este sol, esta ventana, esta mesa son una verdad en sí, en resumen: gracias solamente al hecho de que el hombre se olvida de sí mismo como sujeto y, por cierto, como sujeto artísticamente creador, vive con cierta calma, seguridad y consecuencia; si pudiera salir, aunque sólo fuese un instante, fuera de los muros de esa creencia que lo tiene prisionero, se terminaría en el acto su “conciencia de sí mismo”.

  • El periodista: ese perro guardián de la verdad

    El periodismo es arte y es oficio

    El periodismo se ejerce con título o sin él.

    Hay profesores de periodismo que nunca han ejercido

    Y hay periodistas que nunca han estudiado.

    Para ser periodista se necesita saber leer y escribir.

    Y por eso puede ser periodista el electricista y el abogado,

    El panadero y el coronel.

    Un poeta también puede ser periodista sin haber hecho curso de poesía

    Pero un periodista no puede ejercer como abogado.

    En Twitter todos somos periodistas, dicen los expertos en redes más sofisticados.

    ***

    Ayer una señora dijo en tono de ladrido:

    El periodista es el perro guardián de la verdad.

    Ella cree en el periodismo y en la verdad.

    ¡Oh! ¡Dios! ¡Que mujer tan arriesgada!

    Ojalá los físicos estuvieran tan convencidos como ella.

    ¿Cuál periodismo?

    ¿Cuál verdad?

    El periodista trabaja para el dueño de un banco español

    Y la verdad está más confundida hoy que hace dos siglos.

    Esa Escuela de Periodismo -la del perro guardián de la verdad- debe hacer sentir bien a mucha gente candorosa

    Ojalá yo pudiera ser tan optimista como esos profesionales convencidos de la valía de sus diplomas y la definición de sus Carreras.

    Ella (la periodista titulada) quisiera ladrar de ira cada vez que alguien atenta contra la verdad

    Ella tal vez expulsa babaza espumosa cuando sabe que hay periodistas sin deseos de llegar tan lejos como ella.

    ¿Hay esperanza o estamos llegando a límites insalvables de insania mental?

    Sólo Dios lo sabe

  • No vuelvo a la biblioteca

    Hace veinte años era asistente de un profesor mayor de cincuenta años; yo era feliz contándole al pobre viejo lo que encontraba en la Luis Angel Arango, se divertía el anciano con mis relatos y al final siempre decía: “Ay, Elsita, yo me conformo con mis libros, me da mucha pereza ir hasta una biblioteca”. Un día me encontré -rumbo a la biblioteca- con otro gran intelectual mayor que mi profesor del pasado y al ver cuánto peso soportaba sobre mi espalda casi llora de admiración. Me dijo que por orden médica no podía cargar nada, ni siquiera podía lleva un libro en la mano, evita el peso y lo disfruta. Yo también sueño a veces con la levedad. Debe ser maravilloso caminar sin nada en la mano, sin ningún peso sobre los hombros o sobre la espalda.

    Todavía no tengo cincuenta años ni problemas de espalda pero me cansé de cargar libros de varias bibliotecas porque perdí el entusiasmo. La mayor parte de los libros que llevo para leer en la casa no colman mis expectativas. Antes era paciente, ahora no. Los viejos tienen razón: a medida que pasa el tiempo es más complicado entusiasmarse con lecturas nuevas, los mejores libros, los mejores autores, las grandes experiencias para un lector son las primeras. Lo que viene después es casi siempre para matar las horas o para recordar las lecturas de antes, las que nos entusiasmaban cuando éramos muy jóvenes y muy inocentes y yo ya no soy ni lo uno ni lo otro.

    Parece que va llegando la hora de empezar a redactar mis Memorias. Triste y conmovedora la idea, más cuando la pasión de mi vida ha sido leer más que escribir sobre lo frustrante que resulta salir a cazar libros a una biblioteca pública.

  • El Jonathan Vega que conoció Juan Sebastián Lozano

    Esta es la primera vez que publico el texto de un autor que no soy yo en este blog. En enero publiqué dos o tres textos ajenos pero la autora pidió que su nombre se mantuviera en el anonimato y yo cumplí mi promesa, porque tengo palabra. Entonces, volviendo al comienzo, este es el primer post de autor que no soy yo con nombre propio que publico en este blog.

    Tengo el placer de conocer a Juan Sebastián Lozano desde hace más o menos el mismo tiempo que él lleva de conocer a Jonathan Vega, el nombre de moda en todos los medios colombianos que, a falta de El Espacio, terminaron sumidos sin excepción en el amarillismo total con este asunto, hasta nombre le tienen a la Bestia: “El monstruo de Batán”.

    Los medios colombianos pretenden terminar de embrutecernos, ¿para que nos olvidemos de Petro? Y todos, hombres y mujeres vivimos ahora en pánico permanente porque en el momento menos pensado puede aparecer un agresor con ácido que lo lanzará sobre nuestra cara o sobre nuestra espalda. Gracias al gran despliegue de todos los pormenores de la vida y el estado de salud de Natalia Ponce de León, y de toda su familia, después de ese ataque con ácido han ocurrido dos más. ¿será que los medios le están dando ideas a los agresores que quieren gozar la adrenalina que provoca estar en boca de todo el mundo durante tres días sin interrupción?

    Los periodistas colombianos, sin ser médicos, abogados ni jueces desean para el monstruo todo el peso de la ley. Repiten con aire de prepotencia, con la autoridad que les concede estar sentados ante un micrófono: este hombre ahora se hace el loco para no hacerse cargo de su horrendo crimen, deseamos que le vaya muy mal en la cárcel, una escoria social como esta merece el linchamiento, el repudio de toda la sociedad… Y como la mayoría de la gente cree todo lo que dicen en el noticiero el país entero quiere ver mucho sufrimiento físico y la pena máxima para el agresor.

    Cuando apareció el escándalo sobre la mujer que fue atacada con ácido y capturaron al agresor Juan Sebastián dijo -en su cuenta de Twitter- que conocía personalmente a Jonathan Vega, quien es esquizofrénico y no estaba tomando medicamentos para tratarse. El agresor ya lo dijo, el abogado lo sabe, el juez también, seguramente lo sabe también el médico forense, pero todos lo siguen tratando como si fuera la peor bestia desalmada y cruel y no un hombre enfermo que merece ser tratado por profesionales de la psicología y la psiquiatría. Está detenido en La Picota mientras se define su situación y no creo que esté siendo tratado por profesionales de la salud sino por policías, guardias, abogados y periodistas llenos de odio y con el deseo de que sea condenado a 37 años de cárcel o más. En vista de que no lo pueden picar y luego arrojar mucho ácido sobre los trozos pequeños para que no quede nada de él le desean el peor del los finales en la peor cárcel de Colombia. Son los mismos periodistas que dirán la próxima semana que estamos muy cerca de lograr la tan anhelada paz de Colombia, que estamos muy cerca de alcanzar el sueño.

    Si no hay cárceles dignas para los delincuentes colombianos no creo que haya centros médicos especializados donde puedan ser tratados este tipo de pacientes, porque si es cierto que el delito lo cometió porque es esquizofrénico, más que porque sea una persona llena de mucha maldad, debe estar siendo valorado por médicos, no por policías, abogados ni periodistas, debe estar siendo tratado como un paciente, como una persona enferma.

    Con ustedes, la narración de Juan Sebastián Lozano. Lo que más deseo -de todo corazón- es que después de leerla no nos vayan a insultar a los dos y a concluir que los tres somos asesinos en serie y quieran picarnos también a nosotros por “defender” a la bestia:

    Conocí a Jonathan Vega hace tres años en un retiro campestre organizado por una psicóloga que trataba a jóvenes con problemas de depresión y abuso en el consumo de drogas. Llegó con el libroFilosofía del tocador del Marqués de Sade bajo el brazo, con lo cual se ganó la simpatía de los que ya estábamos ahí. Llevaba puestas unas gafas grandes (tipo hipster), tenía un saco negro de capucha, pantalón de dril y botas Dr. Martens negras. Nos contó que había empezado a estudiar cine en Argentina, pero que debido a problemas psicológicos había abandonado la carrera.

    La psicóloga nos contó más tarde que Jonathan (que en ese momento se hacía llamar “Wolf”, en un intento por renovar su identidad) sufría de esquizofrenia y había sido mal tratado por algunos psiquiatras. Ella era una cristiana convencida e insistía en que podía sacarlo de sus problemas con terapias psicológicas y técnicas orientales como los masajes “Reiky”, sin necesidad de pastillas fuertes que, según ella, le hacían más daño. Por aquel entonces Jonathan estaba interesado en el misticismo oriental, en especial en el hinduismo, tema que lo apasiona. Decía que su problema era espiritual y se mostraba de acuerdo con la postura anti-psiquiátrica de la psicóloga.

    Su comportamiento era relativamente normal. Era el comportamiento de un joven interesado en la expresión artística, algo que teníamos en común los seis pacientes que estábamos en el retiro. El espació físico a las afueras de Bogotá era muy cómodo, pero las postura religiosa y anticientífica de la psicóloga no nos agradó a algunos. Solo en ciertos momentos Jonathan mostraba un comportamiento fuera de lo común: hablaba solo, caminaba alrededor de la casa, pero nada que indicara una esquizofrenia avanzada.

    Después de esa experiencia nos vimos en Bogotá un par de veces, y ya en la vida ordinaria mostró un comportamiento más extraño. No podía quedarse quieto en un mismo lugar por muchos minutos, caminaba con mucha ansiedad y fumaba de manera compulsiva. En un momento su comportamiento me resultó molesto y hasta asfixiante, y decidí no volver a buscarlo, negarme cuando venía a buscarme a mi casa y no contestarle el teléfono. Al principio insistía en buscarme, pero finalmente entendió el mensaje y dejó de hacerlo.

    Lo volví a ver hace seis meses. Hablamos por Facebook y decidimos encontrarnos. Lo vi mucho más tranquilo y reflexivo, me dejó una buena impresión, como si tuviera controlada su enfermedad. Me dijo que estaba yendo al psiquiatra, aunque al parecer no estaba tomando pastillas. En ese momento los dos estábamos leyendo al psicomago chileno Alejandro Jodorowsky y planeábamos hacer unos performances o actos teatrales con dos objetivos en mente: modificar la rutina y superar conflictos psicológicos.

    Finalmente, nos ganó la timidez y no hicimos nada, nos conformamos con desarrollar cada uno por su lado la actividad que lo apasiona, él la pintura y yo la escritura. Como compartíamos el gusto por el cine, empezamos a ver películas dos veces a la semana.

    Caminamos un par de noches desoladas en las que parecía ganarnos el tedio. Ambos habíamos dejado de consumir drogas y buscábamos razones que nos motivaran a vivir. Hablábamos del futuro incierto de este país dominado por la frivolidad y el individualismo, con la gran mayoría de sus habitantes atrapados en la ciega carrera por el dinero.

    No me cabe en la cabeza que la misma persona con la que vi más de una decena de películas en mi casa, leí en voz alta poesía y fragmentos de Nietzsche (su autor favorito), y hablé de mujeres –nunca mencionó a Natalia Ponce de León-, haya cometido tan cobarde crimen; que haya perjudicado gravemente la existencia de una bella joven que, según sus allegados, es una mujer noble y alegre.
    El tema de las mujeres le generaba mucha ansiedad. Decía que necesitaba una novia con urgencia y que ya le aburría acostarse con prostitutas.

    Yo hablo del Jonathan que conocí. Pocas veces me he encontrado con alguien tan amable, pacífico y receptivo. Parecía incapaz de matar una mosca. Sin embargo, sí parecía estar rodeado por una nube negra. Algo lo atormentaba, sospeché más de una vez.

    Compartíamos el gusto por las películas de individuos outsiders o marginales. Quizás como una suerte de anticipación inconsciente al atroz crimen que cometería, la última película que vimos fue Bronson, de Nicholas Winding-Refn, una excelente historia que habla de un hombre que quería ser famoso a cualquier costo, y como no sabía cantar ni actuar se convirtió en el preso más peligroso de Inglaterra, un tipo con inquietudes artísticas no estimuladas a quien el sistema carcelario lo transforma en alguien cada vez más monstruoso. Es una crítica a la sociedad del espectáculo actual, que idealiza cualquier tipo de fama.

    Después de ver cada película, yo le insistía a Jonathan en que las personas inteligentes descargaban su rabia hacia la sociedad que criticaban a través de la expresión artística: el arte como una venganza simbólica del rechazado o marginado social. Todo parece indicar que para Jonathan la posibilidad de convertir en arte o en reflexión su descontento social no fue suficiente, y cruzó el límite hacia lo real, atacó lo que odiaba de la sociedad: la belleza autocomplaciente, la vida burguesa aparentemente feliz, la sociabilidad. ¿Acaso Natalia Ponce representaba lo que él odia y a la vez desea? ¿Al no poder acceder a ella quiso dañarla?

    No hay justificación. Jonathan cometió un crimen abominable contra una persona inocente que no tenía por qué estar obligada a aceptarlo. Yo también rechacé a Jonathan varias veces. Hace dos meses tuve que hacerlo de nuevo. Últimamente, cuando estaba con él, sentía una energía pesada, una depresión al cuadrado, y por eso concluí que no me convenía volverlo a ver. Aunque me parecía interesante conocer a alguien como él, yo sentía que debía mantenerme alejado. Una vez me soltó una frase en tono agresivo que me dejó pensando: “Si yo fuera asesino en serie, lo mataría a usted, porque es un gordo narcisista y egocéntrico”. En seguida se echó a reír y dijo que era una broma. Ese fue el único comentario hostil que sentí como un ataque personal.

    Soy testigo de que Jonathan Vega es un hombre enfermo. Un par de veces me dijo que lo atormentaban voces. En una ocasión me dijo que las voces que escuchaba le decían que no querían que fuera un hombre feliz, y que por eso debía vencer a los fuertes demonios que lo atormentaban.

    No sé cuál es su grado de esquizofrenia, pero es claro que su condición influyó en su nefasta decisión.

    Este acto de violencia extrema no debería verse como un suceso aislado de los problemas que nos aquejan como sociedad. Colombia, ya lo sabemos, no es un paraíso, es un país con el porvenir cerrado para muchos, sin futuro para millones de personas. Somos esclavos de un sistema injusto, desigual, del que se beneficia una minoría. Un país en el que todavía está latente el racismo, el clasismo, la discriminación al diferente. Ya sabemos, además, que aquí la salud y la educación son negocios.

    Los jueces y los médicos determinarán cuál es la pena para “El monstruo del Batán”. Jonathan pasará varios años en la cárcel o quizás será internado de por vida en un hospital psiquiátrico. Por supuesto, debe pagar por su crimen. Algunos considerarán que se hizo justicia y otros que no. Mientras tanto, deberíamos pensar más en el rumbo que queremos tomar como sociedad, si el de la sed de venganza y la violencia perpetua o el del perdón, la paz y la reconciliación, teniendo en cuenta las hondas raíces sociales de nuestros conflictos.

    Si no superamos el estado inequidad, la ley del más fuerte, la violencia prevalecerá. Y mientras el negocio de la salud esté por encima del bienestar colectivo, enfermos mentales como Vega seguirán representando un peligro para la sociedad. Y eso que estamos que hablando de alguien que vive en el norte de Bogotá, con una posición acomodada. No me imagino la situación con enfermos mentales cuyas familias no tienen recursos para tratarlos.

  • Milagrosa hoja verde

    La vida se nos da y se nos quita, pero hay momentos en que la merecemos, quiero decir que depende de nosotros que continúe o que cese. Y esto lo digo al recordar aquella noche atroz en el hospital, en la cual lloraba desamparado sintiéndome perdido y sin ningún socorro posible, pues hacía dos días que no dormía, mi cuerpo se evaporaba en la transpiración, tubos y sondas me salían de la nariz, la boca, el recto, la uretra, la vena, el tórax.

    Deseaba que me borraran todo y antes que nada mi propio sufrimiento. Una enfermera vino a protestar por mis gritos y destempladamente me hizo callar. Como los enfermos se vuelven niños, la obedecí y quedé flotando en el silencio nocturno. De pronto vi por la ventana que comenzaba a amanecer y escuché muy ténuemente el canto de los pájaros. Se acercaba la primavera. Sabía que en el hospital había un claustro arbolado e imaginé que las primeras hojas estaban por brotar. Y fue una hoja la que me retuvo.

    Quería verla. No podía morir sin abandonar ese cuarto y retornar aunque fuera de paso a la naturaleza. Ver esa hoja verde recortada contra el cielo. ¿Por qué absurdo raciocinio pensaba que mi vida dependía de ver esa hoja verde? Y me esforcé, resistí, luché porque llegara el día y me permitieran contemplar por la ventana el patio. El médico lo autorizó al cabo de unos días. Me bajaron en camilla por el ascensor. Y al llegar al claustro vi los árboles implacablemente pelados, pero en la rama de uno de ellos había brotado una hoja. Pequeñísima, translúcida, recortada contra el cielo, milagrosa hoja verde.

    Julio Ramón Ribeyro

  • Andrés se llevó mi sombrilla de niña

    Desde que conozco a Andrés le he regalado sombrillas porque siempre tengo muchas.

    En mi colección tenía sombrillas que podían ser exhibidas por un hombre sin misterio, sin parecer homosexual.

    Pero ahora sólo compro sombrillas de niña.

    La última que tuvo era una sombrilla en forma de vestido de niña con arandelas,

    La usó hasta cuando quedó inservible.

    Era una sombrilla hermosa de fondo negro con flores blancas.

    Los colores la harían menos femenina si fuera de fondo rosado con flores blancas.

    Esa sombrilla la disfrutó durante más de un año pero la rompió, como todas las demás, porque es hombre.

    “Tengo sólo sombrillas rosaditas de niña”, le dije, “le tocó comprar sus propias sombrillas”.

    Escogió la menos rosada de todas y la adoptó desde hace una semana… Pero esta mañana descubrí que se llevó mi sombrilla favorita, la sombrilla de niña que más me gusta.

    ¿Por qué se lleva mis sombrillas?

    ¿Qué diría Freud?

  • Lo bello y lo triste

    Un escritor narra la historia de su amor con una joven de dieciséis años y como es literatura la heroína es mucho más fantástica que la protagonista, que la mujer real; es la historia de una verdad distorsionada, una versión de los hechos desde la distancia y el recuerdo por un hombre triste que se divierte observando a los pasajeros de un tren, los paisajes desde la distancia, flores y sonidos de campañas en la Noche de Año Nuevo. Se han vendido muchas ediciones, el autor mejora su condición económica, es un escritor famoso. Su esposa y sus dos hijos se dan la buena vida a costa de la narración del sufrimiento de una joven y el amor de esa joven con el narrador (que es el mismo escritor). El título de la novela es Una chica de dieciséis, simple, como tenía que ser el título de una novela de Yasunari Kawabata.

    Oki y Otoko se conocieron en Tokio, se enamoraron, ella era una amante diestra dispuesta a todo, sumisa y discreta, quedó embarazada, perdió al bebé de Oki (una niña) y la pérdida la llevó a la locura, pero nunca dejó de amarlo. El asunto es cursi y la historia es absurda. ¿Será frecuente este hecho en Tokio y en kioto? ¿En Japón los hombres de treinta y cinco años desean y se enamoran de jóvenes vírgenes que luego enloquecen de amor por ellos? El narrador insiste en que la literatura sólo puede surgir de la vida real, de las experiencias intensas, que sólo se puede escribir algo bello, artístico, cuando el sentimiento ha sido muy profundo: sin amor, sin odio, sin deseo… es imposible escribir algo que pueda llamarse con respeto y reverencia una Obra de Arte digna de ser apreciada, esa es una de las conclusiones contundentes en esta novela en la que se reflexiona seriamente sobre la esencia de la estética, el estilo y la pureza.

    En Colombia esta conmovedora historia de amor sólo podría verse en una telenovela, no en lo que llamamos Una Obra Literaria. Si las feministas analizan Lo bello y los triste con lupa descubrirán fácilmente el patriarcado y el falocentrismo, podrían terminar odiando a Kawabata como odian a Bukowski y tal vez a Lovecraft. ¡Dios no permita que esta novela caiga en las manos de Catalina Ruiz-Navarro porque la destrozaría!

    Otoko supera el dolor gracias al apoyo de su madre, se tienen la una a la otra y la madre desea que su hija se enamore de nuevo, se case y tenga hijos pero ella sólo puede amar a Oki y lo amará hasta la última página del libro porque en ella no cabe el odio, el resentimiento ni la venganza, ella sólo sabe amar a ese hombre y él también siente que no volverá a amar a otra mujer como la amó a ella.

    Otoko pinta y Oki escribe novelas, la esposa de Oki ha perdonado la traición pero se atormenta sabiendo que en la novela se destaca más la pureza de la joven que sus propios celos y sabe que debe soportar el sufrimiento que implica ser la esposa de un escritor. Pasan los años y parecen haberse curado las heridas, ninguno de los personajes imagina el final dramático de la historia en manos de Keiko, la protegida de la señorita Otoko Ueno. Un drama total que termina en la muerte de un joven que no pudo resistirse ante los encantos de la belleza femenina.

    Oki es un hombre triste y sueña con ir a Kioto (donde vive Otoko) para oír con ella las campanas en la noche de Año Nuevo. Ella lo recibe con su aprendiz: Keiko. Keiko es joven, hermosa y seductora y espera vengar el dolor de Otoko, su maestra, a través del sufrimiento del padre y el hijo y, entonces, los seduce a los dos. La novela termina con la muerte de Taichiro, el hijo de Oki, una joven promesa de la intelectualidad de Tokio.

  • Regalos de los tuiteros

    ensayista

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