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  • Experiencia, recuerdo y olvido

    Esta mañana, mientras esperaba que pasara el tiempo, tomé un libro de Walter Benjamin con sus mejores ensayos:

    Baudelaire, Proust, Poe, Kafka, la fotografía, la historia, la violencia…

    Benjamin era maravilloso hace veinte años, sospecho que las nuevas generaciones de lectores deben dormirse cuando lo leen, como deben dormirse también leyendo a Flaubert, el maestro del estilo.

    Flaubert y Benjamin se sienten muy rancios a pesar de que tardarán en ser olvidados y enterrados. Mucha gente seguirá hablando de ellos para parecer eruditos y profundos pero pocos comprenderán las ideas de estos pobres hombres tristes y contemplativos, pocos los seguirán admirando de corazón como los admiré yo durante tanto tiempo. Ya no, están muy gastados en mi mente, me entusiasma más pensar en Pascal, en Ovidio o en Séneca, ¿a quién queremos engañar?

    Si Flaubert y Benjamin parecen tipos pesados cómo será de pesado y fastidioso para el lector de nuestro tiempo -con teléfono móvil, adicto a revisar sus redes sociales y a chatear- leer a Proust, al Proust de En busca del tiempo perdido. Sospecho que ese ladrillo no lo leerá con gusto alguien nacido después del año 2005.

    Leyendo y pensando pensaba en mi forma de procesar los recuerdos a lo Proust, crecí leyendo ese tipo de literatura, la de la gente que goza más recordando que viviendo y leyendo que conversando con los amigos. No fue una experiencia muy reveladora:

    He tenido dos o tres amigos con los que he pasado momentos dignos de ser recordados, los he admirado tanto que he llegado a confundir el afecto con el amor, he pensado de todas las formas posibles cómo pude ser tan dichosa al lado de gente tan inteligente, dulce, sensible y culta como ellos… Me he solazado en su recuerdo, en el recuerdo de nuestros mejores momentos. Ha pasado el tiempo, mucho tiempo, diez o veinte años. Un día cualquiera nos volvimos a encontrar por casualidad y el recuerdo de ese ser sobrenatural no correspondía con la imagen que mi mente había creado, fue todo una gran desilusión, un fraude total. Estamos en otros tiempos, ya no se puede vivir a lo Proust, es antiestético, ridículo y vulgar.

  • Formas de tomar la siesta

    La mayor parte de mi vida la he pasado descansando y el descanso siempre ha estado acompañado de experiencias placenteras del tipo: comer, dormir, caminar, hablar, mirar por la ventana, ver películas, oír música, montar en bicicleta, nadar, leer y escribir. Dormir es uno de los placeres más aristocráticos. Hoy vamos a hablar de ese placer.

    Hay diferentes formas de dormir y de no dormir. Cuando éramos niños no podíamos entender que nuestra mamá dedicara tantas horas a dormir durante el día. No sabíamos si era insomnio y si le gustaba tomar la siesta, sospecho que es parte de lo primero y parte de lo segundo. De verla dormir me antojé y empecé a tomar la siesta siendo apenas una niña, quería saborear la experiencia y valió la pena.

    Mientras viví en familia -hasta los 19 años- mi mamá me despertaba a las seis de la mañana con un taza de café. Saludaba, la recibía, me la tomaba y seguía durmiendo. Dormir después de tomarse un café es una de las experiencias más placenteras de la vida.

    Durante mucho tiempo, estando sola conmigo misma, pasaba el día entero en bata y me gustaba intercalar sueño con lectura y con café: me levantaba, tomaba café, me acostaba, dormía, me volvía a levantar, me tomaba otro café, leía, me acostaba de nuevo, volvía a dormir, me volvía a levantar, volvía a leer, me volvía a acostar… Era un juego muy divertido porque el café interfería en el sueño y la lectura también. En esa época no había internet, sólo había libros, café y cobijas. Eran otros tiempos, ahora no se pueden hacer experimentos.

    Tomar la siesta en un bus es algo que he hecho desde la infancia, lo hago por gusto, cuando no quiero oír conversaciones ajenas. En algunas ocasiones escojo la ruta más larga para llegar al mismo lugar sólo porque quiero tomar una buena siesta ambulante, no me gustan los taxis porque en un taxi no puedo dormir. Se duerme bien en busetas y en colectivos, en el Transmilenio y en el SITP no se puede tomar una buena siesta porque las sillas no son cómodas.

    Hubo un tiempo en el que gozaba leyendo de noche y durmiendo de día, no es la experiencia más hermosa que recuerdo pero valió la pena. En ese tiempo supe lo que era el insomnio y descubrí el placer de leer para escribir. En esa época ya había computadores con Word, pero no había internet en el hogar. Sólo yo puedo saber cómo gozaba escribiendo de día o de noche y enviando luego esos escritos tan eruditos a revistas nacionales e internacionales. Cuando peor dormía era cuando más leía y mejor escribía, eso fue hace más o menos quince años.

    Hubo otro tiempo en el que me sentía como una reina levantándome a las tres de la mañana a leer, gozaba viendo amanecer, leía hasta que me vencía el sueño y repetía las sesiones de libros, café y cobijas durante todo el día.

    Dormir en un carro recorriendo el país también es maravilloso, he hecho eso dos veces con mi cuñado, mi hermana y mis sobrinos. Dentro de un carro, en carretera, se abusa del sueño pero es una bonita experiencia.

    La siesta de la tarde después de un café es una de mis favoritas: almorzar, tomar cafecito y acostarse a dormir.

    Hay un asunto que me tiene preocupada: hay días en los que por estar pensado en internet olvido tomar la siesta, olvido que dormir es más placentero que navegar. Es maravilloso burlarse de la gente pero dormir es mejor que cualquier otra experiencia.

    Tengo un propósito para lo que queda del año y de la vida: darle más importancia a mis recreos con el sueño que con la escritura en tiempo real.

  • La hijueputa esa (autoentrevista)

    Quiero a este pueblo áspero, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuestra valiente civilización que tiembla de ira.

    Gustave Flaubert

    ****

    - ¿Por qué comenzamos con este fragmento de una de las cartas de Flaubert a Louise Colet?

    - Porque siempre, cuando camino, recuerdo esa frase y me gusta mucho. Me gusta sentirme como el señor bajo el vientre de sus camellas, aunque no fume. La idea de descanso y de desprecio es lo que más me seduce.

    - ¿Disfruta haciendo temblar de ira a la gente civilizada?

    - Aquí no hay gente civilizada, recuerde que estamos en Colombia. Me gusta burlarme de la gente exitosa y de la idea que tienen de éxito.

    - ¿Está pensando en Virginia Mayer y en las frases desobligantes que escribió ayer sobre usted en su cuenta de Twitter?

    - Sí, estoy pensando en ella, todavía trato de entender por qué se descontroló tanto si no es la primera vez que me burlo de sus poses en este blog.

    - ¿Será porque la ridiculizó más de la cuenta explicándole por qué no es Bukowski con vagina?

    - Probablemente.

    - Hablemos de lo que Virginia Mayer dijo de usted anteponiendo a cada prejuicio el sonoro ¡La hijueputa esa!, una expresión tan colombiana.

    - Dijo que no sé inglés, no he presentado obras en la feria del libro, no he entrevistado a nadie, no tengo una maestría y no he publicado en ninguna revista. Insinuó también que soy ama de casa.

    - ¿Es cierto eso que ella dijo de usted? ¿En realidad es usted tan poca cosa? ¿No ha cosechado ningún triunfo? Trate de explicarnos de forma concreta y sin llorar qué piensa de esos juicios.

    - Mi vida ha consistido en despreciar todo eso que ella aprecia y usa como carta de presentación. Se supone que sé inglés pero hago lo posible por pensar, escribir y hablar sólo en español. Creo que mi lengua materna es un tesoro y siendo yo hispanohablante no necesito presumir con el inglés o con cualquier otro idioma. Otra sería la historia si yo fuera rumana o japonesa. Mi política lingüística ha sido siempre clara: si quiere hablar conmigo aprenda español. Prefiero explorar el español que balbucear otras lenguas para parecer cosmopolita, globalizada o internacional.

    - Ahora hablemos de las obras que usted no ha presentado en las ferias del libro.

    - Las ferias del libro no me interesan ni siquiera para comprar libros, prefiero las librerías o las bibliotecas. Formo parte del campo intelectual y, como se podrá imaginar, casi toda la gente que conozco ha publicado por lo menos dos libros. La mayoría de mis amigos y conocidos han presentado sus obras en ferias de libro, bibliotecas, librerías, centros culturales, universidades… La idea de convertirme en vendedora de libros, de autopromocionarme, de hablar de mis procesos de escritura, de invitar a un amigo para que hable ante mí y ante un público inocente de lo inteligente que soy, de lo bien que escribo, de la pureza de mi estilo, de mis influencias, maestros y lecturas fundamentales tampoco me seduce.

    Aunque usted no lo crea soy una persona humilde y sencilla y no soportaría sentarme a hablar de mi cerebro en público; tampoco soportaría que alguien hablara de la grandeza de mi ser, la profundidad de mis ideas y la originalidad de mis palabras en mi presencia, para vender libros. Eso no lo soportaría, lo supe cuando vi a mis amigos pasando por ese espectáculo tan denigrante.

    - Usted no ha publicado un libro . ¿Por qué?

    - Porque no me interesa, cualquiera publica un libro en Colombia, es muy fácil, además tendría que promocionarlo, venderlo, venderme para vender mis libros. Eso es algo a lo que no estoy dispuesta, sería una experiencia muy fuerte para mí. Me parece más emocionante verme citada en otros libros, que se hable de lo que escribo aquí en las ferias del libro, estar ausente de cuerpo pero presente en la mente de las personas que hablan sobre escritura. Eso me gusta más, me parece un juego muy divertido.

    - Virginia Mayer dice que usted no ha entrevistado a nadie. ¿Toma esa acusación precedida de ¡La hijueputa esa! como una gran ofensa?

    - No he entrevistado a nadie porque no soy periodista, no me imagino entrevistando a nadie que no sea yo misma. Cuando Virginia me propuso un perfil para KienyKe, cuando me dijo que la gente quería saber quién era Ensayista, sentí lo mismo que siento cada vez que alguien se siente ante mí como ante un ser excepcional o digno de ser entrevistado. Cuando me proponen una entrevista pregunto siempre qué me van a preguntar y cuando me lo dicen quedo todavía más confundida y desilusionada porque los periodistas colombianos hacen preguntas muy estúpidas. No aspiro a entrevistar a nadie que no sea yo y no le acepto entrevistas a nadie que no sea yo, esa es mi política periodística.

    - ¿Tampoco tiene una maestría?

    - Sí la tengo y es gracioso saber que a la gente le importan ese tipo de cosas. Los títulos académicos significan muy poco para mí, casi nada. Lo que me importa de verdad es lo que he encontrado fuera del sistema educativo, eso ha sido lo mejor.

    - ¿Tampoco ha publicado en revistas?

    - Si, he publicado en revistas, parece que no es fácil encontrarlas. Eso tampoco me interesa mucho, ni siquiera guardo los ejemplares que me envían por ser la Autora de uno de los textos publicados. La meta es no volver a publicar en ninguna revista impresa, rechazar todas las ofertas que tengan que ver con publicación de libros, participación en ferias y fiestas, columnas de opinión y participación en revistas. Todo está tan degradado que la mejor alternativa sigue siendo internet. A eso le estoy apostando desde hace unos diez años.

    - ¿Es usted ama de casa?

    - Supongo que sí, no tengo mucama ni negrita, me ocupo yo misma de todo lo que necesito para vivir.

  • Virginia Mayer es Bukowski con vagina

    No voy a describir de nuevo a Virginia Mayer porque estoy harta de hacerlo, siempre que escribo un post en este blog sobre ella pienso que es el último porque más bajo no puede caer y siempre termina demostrándome que sí puede caer más bajo, tiene el poder de superar sus propios niveles de autodegradación, miseria personal y tontería.

    Anoche un tuitero generoso me contó a través de un mensaje privado que Virginia Mayer ahora se autodefine como Bukowski con vagina. No lo podía creer, revisé sus tuits y es verdad. Primero escribió que no le gusta la poesía porque no la entiende, después siguió una cuenta de frases de Bukowski y a los dos o tres días se proclamó como la reencarnación de uno de los poetas norteamericanos más originales de todos los tiempos: Charles Bukowski.

    Que una mujer diga que ella es Bukowski con vagina es tan absurdo y descabellado como que un hombre diga que él es Emily Dickinson con pene. Bukowski sólo puede ser concebido en el cuerpo de un hombre, en el cuerpo de ese hombre excepcional llamado Charles Bukowski y Emily Dickinson sólo puede ser pensada en el cuerpo y con la características de esa mujer única en la historia de la literatura: los dos, hombre y mujer, son personas y poetas excepcionales.

    Virginia Mayer es como Bukowski pero con algunas variaciones:

    1. Es una mujer gorda muy desagradable que se expresa a través de un español muy pobre.

    2. Es una zalamera profesional, le gusta congraciarse y recibir favores de los “poderosos” e “influyentes” de los medios y la literatura colombiana (usa su cuenta de Twitter para establecer contactos, encontrar trabajo y comer gratis).

    3. Lucha por encontrar el amor y la aceptación de los tuiteros a través de todas las formas de autodenigración (está en un tratamiento para adelgazar y exhibe sus avances).

    4. Hace experimentos para la revista SoHo con la intención de saber cómo tratan a una gorda fea.

    5. Felicita a personalidades como Salud Hernández y Gustavo Gómez por sus hermosas fotos de perfil.

    Me cuesta creer que tenga una idea tan deformada de Charles Bukowski, no encuentro ninguna similitud entre los dos por más que me esfuerce.

    **

    Vamos a hacer un ejercicio:

    Copiaré una selección de tuits recientes de Virginia Mayer y luego haré lo mismo con algunas frases de Bukowski que podrían convertirse en tuits. Entre todos decidiremos si ella es la reencarnación del buen hombre o no lo es:

    Los tuits de Virginia Mayer:

    1. Uepa, @saludhernandezm, te ves muy guapa en esa foto!

    2. @gusgomez1701 Qué maravilla de foto.

    3. Mi superpoder es soportarte.

    4. A mí por qué no me invitan a lanzamientos de marcas de whisky y a fiestas de revistas, es porque me río muy duro?

    5. Mi amor por ti va en bajada.

    6. Mi virginidad ya tiene dueño. Tú sabes quién eres.

    7. Ya se dieron cuenta que estoy dedicada a ser la Bukowski con vagina? Mi carrera es una vil imitación.

    8. Mi nivel de mamacita era XL. Ahora soy L pero sigo siendo mamacita.

    9. Al único poeta que entiendo es a Charles Bukowski.

    10. Gente muy interesante en la Fiesta del Libro en Cúcuta: @saludhernandezm Mario Jursich @marcelventura @Brigittelgb

    11. Cobro por pintar las uñas porque tengo que mantener mi hogar. Y cuando digo hogar, me refiero a mi museo de esmaltes.

    12. A mí no me gusta la poesía básicamente porque no la entiendo.

    13. Para mañana, sin falta, espero una campaña en contra de la gente que se baña en piscinas.

    14. El oscuro abismo entre un jajajajaj y un Ja. Ja. Ja.

    15. Mis viejos me educaron y yo me deseduqué.

    16. Enamorarme de ti. Creer que no, pero sí.

    17. Before and after. Cinco meses de tratamiento y dieta con @ClinicaRada. 13 kilos menos, faltan 19.

    18. Paris Hilton es una guisa del Only.

    19. La vida es eso que pasa mientras no comes pan con mantequilla, Nucitas, Nutella, cupcakes, french vanilla frosting y chocolate chip cookies.

    virginia mayer

    Si Bukowski estuviera vivo y fuera tuitero escribiría más o menos así:

    charles-bukowski

    1. Si quieres saber quiénes son tus amigos, haz que te metan en la cárcel.

    2. Un intelectual dice una cosa simple de un modo complicado; un artista dice una cosa complicada de un modo simple.

    3. El culo es la cara del alma del sexo.

    4. Tan preocupado está mi amigo por desgajar de mis huesos la carne de mi alma que apenas parece pensar en su propia existencia.

    5. Eso es todo lo que hace la gente, juegos de niños. Van del coño a la tumba sin que les roce siquiera el horror de la vida.

    6. Traté de convertirte en mujer pero no eres más que una puta.

    7. Si hubiera nacido mujer hubiera sido prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba mujeres, cuanto más guarras mejor.

    8. Las buenas mujeres me daban miedo porque a veces querían tu alma y lo poco que quedaba de la mía quería conservarlo para mí.

    9. Es por culpa de mi niñez, sabes. Nunca supe lo que era el amor…

    10. Ahora, después de décadas, era un escritor con escritorio. Sí, sentí el temor, el temor de volverme como ellos.

    11. A mí cada vez que alguien me hablaba me entraban ganas de tirarme por la ventana o de escapar en el ascensor.

    12. Si el mundo dura hasta el próximo siglo ahí estaré yo todavía, pero los viejos críticos estarán muertos y olvidados.

    13. Aquella electricidad hedionda que continúa propagando la fealdad de la especie a lo largo de inútiles centurias.

    14. Coge la familia, mézclala con Dios y la nación, añade diez horas de trabajo diario y tienes todo lo que necesitas.

    15. Cuidado con aquellos que buscan constantes multitudes; no son nada solos.

    16. Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el estado y nuestro sistema educativo.

    17. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos.

    18. Nunca sentía soledad; cuanto más separado de la especie humana se encontraba, mejor se sentía.

    19. La gente que cree en la política es como la gente que cree en Dios: soban aire con pajitas torcidas.

    20. El alma libre es rara, pero la identificas fácilmente cuando la ves.

    21. El hombre ha nacido para morir. ¿Qué quiere decir eso? Perder el tiempo y esperar.

    22. Por supuesto que es posible amar a un ser humano si no lo conoces demasiado.

    23. Estaba horrorizado con la vida, con lo que un hombre tenía que hacer simplemente para comer, dormir y mantenerse vestido.

    24. Cuando bebía el mundo aún estaba allí afuera, pero por el momento no te tenía agarrado del cuello.

    25. Me levanté y fui hacia el jodido cuarto de baño. Odiaba mirarme en aquel espejo pero lo hice.

    26. Casi siempre lo mejor de la vida consiste en no hacer nada en absoluto, en pasar el tiempo reflexionando, rumiando todo ello.

    27. Yo no analizo jamás, me limito a reaccionar… yo ando con todos mis prejuicios.

    28. Al carajo con la verdad. El estilo es más importante: cómo hacer una por una cada cosita.

  • El descanso eterno

    Nací en 1970 pero empecé a tener conciencia de mí misma en 1975, cuando me obligaron a madrugar pro primera vez para ir a estudiar. Recuerdo ese primer día como uno de los días más tristes de mi vida.

    En el colegio me encontré con adultos falsos y niños estúpidos, ese día -mi primer día de clase- supe que no me gustaba estudiar y que tampoco me gustaba madrugar.

    Durante la infancia y la adolescencia sufrí mucho con mi educación, a los quince años decidí renunciar a esa mentira, supe que me gustaba descansar sin pausa y a eso consagré el resto de mi vida, a ver pasar las horas sin hacer nada por mi futuro. Sólo pensaba en el placer, en mi propio placer, en el gusto de no hacer nada. Sospechaba que la aristocracia de nuestro tiempo consiste en hacerse cargo de las horas. ¡Que trabajen los esclavos, yo nací para descansar! Estaba segura de que tenía razón, los equivocados eran los demás, aquellos adultos tontos que creen en el éxito y en las realizaciones personales relacionadas con el dinero, los amigos y los viajes de placer o de negocios.

    Cuando todavía era niña de uniforme me gustaba elevar globos, pasé muchas horas de mi vida elevando cometas grandes y globos pequeños desde la terraza de mi casa. Nunca fue tiempo perdido ver cómo algo que está al alcance de mi mano se va y luego -después de varias horas- vuelve a mis manos y lo vuelvo a soltar cada día y vuelve a regresar. Hay globos y cometas que se van y nunca regresan. Esa sensación me gustaba mucho, bajar de la terraza con las manos vacías y la cara azulada -porque mi hora favorita para elevar cometas era antes de que oscureciera y a esa hora hace mucho frío en Bogotá. Era una emoción indescriptible ver cómo mi globo se desplazaba tanto que ya no lo veía convertido ni siquiera en un punto. Elevando globos y cometas se pasan muchas ideas por la mente, la que más me gustaba era la de eternidad. Elevé globos y cometas durante varios años, lo hacía para olvidarme de tantas horas perdidas en un salón de clase. Elevando globos desarrollé el arte de la paciencia.

    Cuando me aburrí de los globos me consagré al tejido pero tengo mejores recuerdos de las horas perdidas, malgastadas a conciencia, con los globos que con las lanas y con las agujas, son placeres diferentes. Las ideas que se pasan por la mente no son las mismas pero sospecho que se piensa de forma más concentrada tejiendo que elevando cometas, aunque en las dos actividades la vista nos lleve por caminos diferentes.

    La lectura la descubrí estudiando y cuando descubrí la lectura supe también que los libros se encontraban en las bibliotecas y dejé los globos, las cometas y el tejido y me dediqué a leer. Mis libros favoritos eran los de filosofía, quería saber cuál es la mejor manera de vivir y leyendo esos libros supe que mi forma de vivir era la mejor de todas y que lo había descubierto viviendo, sin necesidad de leer ningún libro. Perder las horas leyendo es un placer que todavía disfruto, pero como soy generosa quiero compartir lo que leo con otras personas y hablando de libros descubrí que me gustaba ser profesora y fui profesora desde muy joven, cuando todavía era una niña y algunos de los estudiantes podían ser todavía más niños que yo pero me miraban con respeto y reverencia.

    Ser profesora es otra forma de descansar, escribir es otra forma de descansar. Lo que escribo en este blog se me pasa por la mente casi siempre mientras camino, porque también me gusta caminar y caminar es una experiencia tan gratificante como elevar cometas, tejer bufandas y saquitos, lavar ropa a mano, barrer la casa o leer.

  • Nicolás Arrieta en el cine

    Cada semana voy a una sala de cine con la ilusión de encontrar una película digna de mis ojos y, claro, casi nunca la encuentro, el arte es muy escaso en una sala de cine. Ayer de nuevo caí en la trampa: vi una película colombiana pensando que se trataba de una película gringa, me dejé llevar por el cartel. La nueva tendencia del cine colombiano es copiar sin disimulo el peor cine norteamericano. Los temas y la forma de abordar esos temas, las imágenes espectaculares y los efectos especiales. Nuestros guionistas y directores están enamorados de los tiroteos y las casas embrujadas en un paraje inhóspito de una región lejana y abandonada. Todavía se venden las películas de putas y traquetos, todavía vemos Sábados Felices en la pantalla grande, pero el ?terror? colombiano está ganando espacio en las salas de cine.

    Estando en la sala me di cuenta de que no sólo es colombiana, sino que, peor todavía, es una película bogotana. Terror bogotano al que nos estamos empezando a acostumbrar.

    Lo más desastroso de la película es el guión y la voz de los actores, que no actúan sino conversan, se siente uno ante esos niños como ante una conversación de muchachitos de colegio, eso es lo más desagradable: las voces de estos falsos actores y sus conversaciones insulsas.

    Lo peor de todo es que es cine en todo el sentido de la palabra, para llegar a las salas se completó todo el proceso. Hay producción, guión, dirección, actuación, edición, distribución y público, la sala estaba casi llena y se sentía en el ambiente un aire de familiaridad. ¿Por qué? Porque en la película o, mejor, cuando ya ha terminado la película, vemos a Nicolás Arrieta durante cinco segundos. Nosotros también lo vimos, la mayor parte de la gente que estaba en la sala iba a ver a Nicolás Arrieta.

    Cuando llegué a la casa busqué información sobre la película y me encontré con este tesoro que quiero compartir con ustedes. Le he seguido los pasos a Nicolás Arrieta y pensaba que se había vuelto loco como otros personas creados desde las redes sociales, pensaba que se había dejado tragar por su personaje. Estaba equivocada: este niño y el director de la película se burlaron de todos nosotros y de paso reflexionan profundamente sobre el arte de hacer cine.

  • El amor es pura imaginación y nada más

    Estaba enamorado de mí y buscaba la soledad para poder deleitarse más a gusto en mi imagen.

    Cuando mejor me recordaba y me sentía era cuando bebía su taza de café antes de emprender cualquier actividad. Entre las siete y las ocho de la mañana.

    La ausencia avivaba la pasión, el recuerdo fortalecía el sentimiento.

    Mientras lo preparaba se sentía pleno, lleno de mí, aunque no recordara mi cara ni mis gestos.

    Yo era un ser sin rostro, estaba ahí, lo colmaba todo.

    café

    Mi presencia lo turbaba y la voluptuosidad de aquella meditación era menos intensa.

    Yo era yo más yo cuando navegaba por su mente sin voz ni rostro, mientras bebía su café.

    Cuando me sentaba a su lado era una señora, una mujer cualquiera, como todas las que ve pasar diariamente por ahí.

    Palpaba el ruido de mis pasos y se estremecía, sospechaba la emoción de mi presencia y temblaba.

    Después, en mi presencia, la emoción decaía.

    Eramos dos personas hablando de temas triviales, como todos los demás.

    foto_pareja_cafe

    Y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.

    La presencia no era tan intensa como el recuerdo de mi presencia.

  • Catalina Ruíz-Navarro: censora de la revista SoHo

    En la revista SoHo ofrecen todo tipo de productos y entre esos productos está la mujer. Casi todos los productos para la venta están relacionados con mujeres y sexo: carros, hoteles, restaurantes, colonias, condones, ropa, juguetes sexuales, alcohol… Durante quince años Daniel Samper Ospina se ha dado el lujo de desnudar a más del 90% de las mujeres a las que se ha propuesto hacer pasar por su revista y algunas de ellas, claro, son feministas indignadas. Hoy vamos a hablar de una de las más indignadas e incoherentes de todas: Catalina Ruíz-Navarro.

    Los dos trabajos más destacados de ella en la revista han sido: catadora de condones y participante en una encuesta sobre sexualidad, la mujer y la sexualidad de la mujer típica de la revista SoHo: amante del sexo a cambio de comida, regalos costosos y dinero, la mujer exigente que se hace pagar y se fija en la marca del carro, aquella que valora al hombre dependiendo de cuánto pagó en el restaurante y en el motel.

    En el último número de la revista hicieron experimentos con productos que se ofrecen en el mercado, querían saber si las cualidades del producto corresponden con las que anuncian los medios: cremas reductoras, tratamientos para la calvicie, brujos y prostitutas conseguidas a través de páginas web, entre otros. En el caso de las mujeres el experimento consistía en saber si la mujer que aparece en el portal es la misma que llega a prestarle el servicio sexual al investigador. De las tres mujeres sólo una correspondía a la realidad. La conclusión es que ni las cremas, ni los brujos ni las prostitutas cumplen con las expectativas del cliente. Todo predecible, nada digno de escandalizar a nadie.

    Catalina escribió una columna en El Espectador en la que sienta su voz de protesta porque en la revista la mujer fue tratada como un objeto sin su consentimiento, juzga con severidad a Daniel Samper Ospina como si no lo conociera, como si no fuera consciente del tratamiento que le da a la mujer número tras número en la revista de la que es director. Todos sabemos, no necesitamos ser expertos en nada para saberlo, que en la revista SoHo la mujer es un producto más. En todos los números salen modelos ambiciosas que presentan su perfil sexual para quien desee hacer uso de sus servicios, con frecuencia entrevistan prostitutas y actrices porno para animar a las mujeres que leen la revista para que aprendan las técnicas que proponen estas maestras. Los hombres se deben sentir muy bien viendo cómo estas mujeres, las que posan y las que participan en los experimentos, se sienten dichosas porque trabajan para un medio tan prestigioso y no se complican pensando en la forma en que son vistas por los lectores.

    Pueden indignarse Carolina Sanín y Salud Hernández, pueden despreciar al director de la revista, a los lectores y a las mujeres que se sienten realizadas porque colaboran para la revista. Catalina Ruíz-Navarro no, ella no tiene derecho, ella se ha congraciado muchas veces con Daniel Samper Ospina, ha consentido ser tratada y vista como un pedazo de carne, como carne para la venta, soltera y disponible. Así la presentan en la encuesta.

    De nuevo, como tantas otras veces, uno no entiende si Catalina Ruíz-Navarro se esfuerza por llamar la atención, si pide ser insultada por alguien como yo, si goza con el descrédito permanente, o si no tiene el nivel de inteligencia y coherencia suficientes como para entender que ella no es la mujer más indicada para ajusticiar a la revista y ni al director.

    catalina ruíz.-navarro

  • ¿Soy un talento desperdiciado o necesito ayuda profesional?

    Cuando me lo propongo puedo parecer torpe, lenta y fracasada. Sé representar muy bien ese papel (especialmente si voy muy mal vestida y muy mal peinada).

    Me aferro con terquedad obstinada al deseo de realizar sueños y anhelos superiores a mis condiciones y cualidades particulares, sueños inverosímiles.

    Soy fría y seca con la gente que no me interesa.

    Hay tardes en las que aspiro el aire desde mi ventana, llena de tedio y con la muerte en el alma. Siento deseos de lanzarme y acabar con todo, pero recuerdo que hay alimentos deliciosos en la nevera que no puedo dejar abandonados.

    Soy dueña de un corazón testarudo que va demasiado lejos en las fantasías o en el estudio de las cosas que mi razón no puede comprender, soy presa de absurdos pensamientos, amiga del capricho y de lo deshilvanado.

    La sabiduría en mí viene del abismo, deriva de la inmersión, nada debe a la voz de la revelación o al deseo de grandeza o de reconocimiento. Ni en los avances intelectuales ni en los materiales. No aspiro a nada, no quiero nada.

    Cuando alguien me asfixia con su amor o con su admiración desmedida pienso: tu amor hace que mi corazón desfallezca de tristeza. No es una pose, es real. Déjame en paz, no me tortures más.

    A veces tiendo a la desesperación, siento náuseas de tedio que impulsan a desear la muerte, llevo dentro de mí el aburrimiento de vivir. Puedo pensar también: ayer estuve espantosamente triste con una de esas tristezas que tenía en mi juventud y para librarme de las cuales hubiera sido capaz de tirarme por la ventana. Cuando tenía nueve años me lancé desde la terraza y nada pasó, caí parada, nadie se enteró de mi triste plan. No lo volví a intentar porque le temo al ridículo.

    Los espectáculos alegres me ponen triste y los espectáculos tristes no me afectan gran cosa. Lloro demasiado por dentro para derramar lágrimas por fuera y es porque sufro por la humanidad entera.

    La aflicción, que en otros ablanda el corazón hasta la humildad, sólo consigue que me obstine cada vez más en mis extraños pensamientos; mis lágrimas no caen en el corazón, ablandando mi dureza, sino que me sucede lo que a la piedra: cuando el tiempo está húmedo suda por fuera.

    En alguien como yo las ansias de vivir y el desprecio por la vida se mezclan de manera extraña: nací obsesionada con la idea de la muerte (frecuentemente la deseo con fervor desenfrenado) y, sin embargo, mi vida está colmada de planes para el futuro; mientras desprecio de manera consciente la vida, al mismo tiempo, a través de mi comportamiento y mis ilusiones, lucho por preservarla; cuando paso por periodos optimistas sueño con una vejez en la que rememoro el pasado.

    Soy reservada, directa y poco dispuesta a expresar cariño a través de efusivas manifestaciones, razón por la cual es imposible saber a quién amo y a quién desprecio. Evoco acontecimientos por las reacciones que éstos suscitaron en mí, los lugares son recordados con nostalgia por las emociones que han producido en mi mente y las personas por el encuentro que experimenté a través de ellos; vivo en función de mí misma y de las experiencias que pueda realizar sin ilusionarme fervorosamente por nada en particular.

    El disimulo y el secreto son una necesidad para alguien como yo, a menudo mis relaciones son complejas, veladas, a pesar del afecto que pueda sentir y pienso: soy fría, seca, egoísta, y Dios sabe, sin embargo, lo que en estos momentos siento dentro de mí… He hecho mal, he sido necia. Me he portado contigo igual que en otros tiempos hice con aquellos a quienes más quería: les mostré el fondo de mi saco, y el polvo acre que despedía se les pegó a la garganta… Quisiera mandarte únicamente palabras dulces y tiernas, de esas suaves como un beso que algunos saben decir pero que, en mi caso, se quedan en el fondo del corazón y expiran al llegar a los labios. Si yo pudiera, cada mañana tu despertar se vería perfumado por una olorosa página de amor…

    Deseo pasar desapercibida aún en medio de mis “excentricidades”, no quiero llamar la atención de nadie. Y, sin embargo, hay quien me condena debido a que mi comportamiento es interpretado de manera equivocada o exagerada: mi indiferencia se interpreta como arrogancia, mi sequedad como orgullo y mi frialdad como desprecio.

    Los mejores afectos con frecuencia me irritan desmesuradamente y pienso de las personas que me interesan: ¿me comprenderás hasta el final, soportarás el peso de mi tedio, mis manías, mis caprichos, mis desánimos y mis coléricas mudanzas?… soy la oscura y paciente pescadora de perlas que bucea en los bajos fondos y vuelve con las manos vacías y la cara azulada. Una atracción fatal me empuja hacia los abismos del pensamiento, me lleva al fondo de esos precipicios interiores que jamás se agotan para los fuertes.

  • Cioran y Bukowski: desesperados por la fama como todos los demás

    La mayor parte de la gente que escribe aspira a la inmortalidad y espera generosidad y compasión de parte de la suerte, de Dios, de los críticos, de los amigos y admiradores, de las musas. Todo depende del momento y del contexto.

    Es imposible saber cuántos verdaderos grandes maestros alcanzaron la inmortalidad porque el tiempo es caprichoso y lo que es importante hoy puede no serlo mañana.

    Como es de suponerse me gustan los autores auténticos o los que tratan de serlo, los que han fingido mejor, los que han luchado contra la miseria de su época y los que se han revelado ante la tontería y la gente tonta con la que les ha correspondido vivir la miseria llamada realidad real, el desagradable tiempo que se sufre minuto a minuto, hora tras hora.

    Quienes han tenido el poder de describir la tontería que les ha correspondido vivir lo han hecho con el mejor estilo y por eso son los mejores, porque en escritura lo que importa es el estilo, nada más, todo lo demás es tontería.

    En el siglo XIX Flaubert y Baudelaire; en el siglo XX Cioran y Bukowski. Ellos son los grandes maestros. No hay quien lo dude. Ni siquiera yo.

    A Flaubert y a Baudelaire me he acercado desde hace mucho tiempo y, claro, son los mejores, son los maestros. Los dos padecieron la miseria de haber sido juzgados por la chusma de su tiempo. La gente decente hubiera deseado el peor final para estas bestias decadentes e irrespetuosas.

    Con Cioran y con Bukowski fue diferente:

    Siempre he huido del gusto de la chusma y la chusma colombiana delira por Bukowski y por Cioran y, claro, los toman como modelo. De Bukowski les gusta el hecho de que haya sido un borracho, machista y cerdo y de Cioran la faceta de parásito de universidad pública que comió gratis hasta los cuarenta años y malvivió en hoteles de caridad por gusto, porque el hombre que no dormía y que gozaba hablando con las putas y con los vagabundos, tampoco quería trabajar. Eso es lo que las jóvenes generaciones toman para sí, lo que tratan de imitan al pie de la letra y, claro, muchos lo logran porque es muy fácil vivir una vida de esas, es muy fácil. En cuanto les sea posible, los poetas malditos de Bogotá son un poco como Cioran, un poco como Bukowski.

    No aspiro ni aspiraré a ser como este tipo de gente, a ser una especie de desecho social y por eso los vine a leer después de los cuarenta. No sé en qué momento ni por qué terminé leyendo a Cioran y a Bukowski pero el hecho es que me tienen convencida de que son grandes escritores. El convencimiento no me llega transmitido a través de la voz de los vagos y los borrachos sino gracias a la lectura de los libros. Me gustan, son divertidos, tienen bueno gusto y escriben muy bien, los dos escriben muy bien. Pero hay algo que me atormenta: estaban desesperados por la fama como todos los demás y lo disimulaban muy bien.

    Cioran se jacta de ser el hombre sin biografía, de no conceder entrevistas, de no aspirar a ser un escritor famoso, pero la biografía es clara -no falta nada, ningún detalle para conocer completo al personaje-, concedió más de treinta entrevistas a lo largo de su vida y escribió tantos libros que se dio el gusto de revisarlos, comentarlos y firmarlos para sus admiradores. Y lo peor de todo: estaba preocupado, quería saber si sería famoso en el futuro, si sus libros caerían en mis manos, si su nombre figuraría al lado del nombre de Eliade, Beckett, Sartre, Camus y demás vendedores de libros de su tiempo.

    Bukowski es un poco más rebelde pero también tenía miedo, vagaba no sólo buscando mujeres y bares sino que buscaba también revistas, muchas revistas para publicar sus poemas, vendía libros, se exhibía en público, firmaba libros, hablaba de su obra y sufría pensando si su nombre figuraría al lado del de sus contemporáneos. Como Cioran.

    Los dos tienen la fuerza, el templo, la furia ante la vida pero los vencía el miedo al vacío, la sensación de que serían olvidados en el futuro, de que no quedaría nada de ellos, ni la obra ni el recuerdo de su rebeldía. El intento de estos hombres es válido pero es triste imaginarse que eran gente común preocupada por la gloria y el honor, obsesionados con la idea de compararse con los demás para estar seguros de su propia valía, demostrándose a sí mismos y a la humanidad que no fueron otro idiota más que pasó por la vida como la mayor parte de la gente: como perros y como gatos, en la total inconsciencia y con la seguridad de que fueron imprescindibles.

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