Siempre he admirado a las personas sociables,
Me pregunto si serán tan felices como yo cuando vuelvo a leer el pasaje de un libro que me gusta.
Admiro a las personas que pueden saludar todas las mañanas y todas las noches a sus vecinos sin sentir que es un saludo rutinario, que intercambian frases sin pensar en su sentido; yo no puedo, me aburro después de una semana de saludar a mis vecinos.
Admiro a las personas que son amigos de sus amigos de la infancia; yo no tuve amigos de la infancia, estaba fascinada con mi amorosa madre y mis hermanos.
Admiro a las personas que conservan amigos del colegio; yo recuerdo apenas algunos de sus nombres pero he olvidado sus rostros.
Me gusta mirar a la gente feliz encontrarse con sus amigos, ver como se abrazan con todo el cuerpo y dan vueltas y se miran como si no se vieran hace un siglo; yo no puedo abrazar así (me siento dramática y el drama no me gusta) y siempre me pregunto: ¿serán sinceras sus manifestaciones de afecto o lo copiaron de alguna película?
A veces decido ser sociable, planeo citas y las cumplo, me siento muy bien a lo largo del encuentro, pero luego vuelve el aburrimiento y descubro que no soy sociable, que mis más gratos recuerdos son los vividos en absoluta soledad.
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Volver a leer este poema, recordarlo, me hace más feliz que el encuentro más feliz con un amigo:
El vino entre en la boca
Y el amor entra en los ojos;
Es todo lo que en verdad conocemos
Antes de que envejezcamos y muramos.
Llevo el vaso a mi boca,
Y te miro y suspiro.
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Mientras copio el poema escucho música, se ha hecho el milagro: la voz y la fuerza de Freddie Mercury.
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Para mí es más importante el amor que la amistad, no cambio la amistad de veinte personas por la plenitud que da el amor; a un amigo no le doy casi nada, el amor es lo único que está muy por encima del poema de Yeats, ese poema no tendría sentido sin amor.
