A través de una historia sencilla, con un número limitado de personajes, sin malabarismos estilísticos ni extensos discursos sobre política, sociología o antropología Evelio Rosero nos lleva a reflexionar una vez más sobre algunas de las características típicas de los colombianos ante la violencia, el secuestro, la crueldad y el dolor ajeno; después de haber leído En el lejero el lector colombiano queda con la misma sensación que le producen los noticieros, el cine y otras novelas en las que se abordan estos temas. La historia lo conmueve, sufre con algunos personajes, le produce escalofrío pensar en la indolencia de otros, reflexiona sobre el abandono al que están sometidos no sólo los personajes de la novela sino muchas personas de la vida real -no muy lejos de su domicilio- termina de leer el libro y continúa en su vida cotidiana como si nada hubiera ocurrido, En el lejero ha sido una novela más. Este tipo de textos logran despertar en el lector cierta compasión hacia las personas de las vida real que sufren día a día las situaciones presentadas a través de textos de ficción, pero el sentimiento no es lo suficientemente fuerte como para darle paso a la acción; el individualismo, la indiferencia y la indolencia pueden más que el compromiso como colombiano con la nación.

A nivel estético es una novela muy bien lograda, el ambiente creado a través del texto no es mera transcripción de la realidad real sino que a través de la palabra el lector no sólo se entera de una anécdota, del drama por el que pasa Jeremías Andrade, sino que hay mucho más, hay cuidado en la selección de las palabras, el narrador no se propone contar una historia, pretende que esta historia no sea olvidada por el lector, para lograr tal efecto se vale de la creación de un ambiente característico, tanto como Luvina o Comala, si pensamos en las obras de Juan Rulfo. El sinsentido de algunos situaciones nos llevan a evocar algunas situaciones inverosímiles tales como las que se pueden presentar en algunas obras de Kafka.

En una primera lectura la historia puede parecer muy sencilla, la escritura convencional, pero luego, cuando se ha dado tiempo para recordar el texto, se descubre que esta novela, esta historia, las situaciones y el ambiente son Arte, obras que no se olvidan y sobre las que se quiere volver no sólo para retomar la historia sino para descubrir cómo está construida. La ilusión de realismo y de sinsentido se logran de manera efectiva, como sólo se pueden expresar a través de la literatura, pasajes como el siguiente reafirman lo dicho:

"Ya en la madrugada, que era sábado, la dueña le pidió que comprará, en la tienda, una o dos trampas para ratones. "Abundan", gritaba desde la puerta del hotel, mientras él descendía por la calle, atento involuntariamente a sus zapatos: pisaban niebla en lugar de tierra. Niebla y ratones -descubrió-, cadáveres de ratón diseminados como a propósito, secos y ennegrecidos, aquí y allá, contra un horizonte como de plástico. Era el amanecer y un frío de hielo caía a raudales desde el volcán. La calle bajaba entre charcos como espejos recién rotos; en sus orillas los cadáveres de ratón, tiesos, congestionados, las patas como si invocaran, parecían todavía intentar acercarse al agua. La noche anterior, cuando llegó al pueblo, aquello que pisó como hierba blanda -a veces duros matojos, a veces espinas crujientes- eran ratones. Con toda razón traqueaban las suelas de sus zapatos; eran las cabezas de los ratones, que él pisaba, partiéndolas, sin advertirlo, eran los huesos de sus patas, las colas tiesas". (Rosero. 2003: 12-13).

En el lejero. Evelio Rosero. Bogotá: Norma. 2003.