La lectura de "El simple arte de escribir" de Raymond Chandler ha sido una verdadera revelación, me hace recordar la melancolía y la obsesión de Flaubert por el estilo y la sensación tan desagradable que me produjo la lectura de El hombre de los mil nombres de Ricardo Silva Romero. Creo que Ricardo Silva debería leer las cartas de Raymond Chandler y tomar para sí la crítica que él hace a los novelistas profesionales, supongo que será una experiencia dura pero necesaria si se trata de ser honesto.

En las cartas hay grandes ideas para críticos literarios, escritores auténticos, aficionados y profesionales, productores y guionistas, lectores. No había encontrado en otras cartas tanto amor hacia los gatos.

Les dejo un muy respetable post titulado "El hombre que amaba los gatos":

Como guionista o novelista, Chandler es uno de los escritores norteamericanos que ha tenido una relación más fluida con el cine. La exhibición en el cable de un documental sobre su vida y obra y otras dos películas basadas en relatos suyos es una buena oportunidad para intentar un acercamiento a dicha relación.
Biopic. Es poco probable que Raymond Chandler imaginara -ni en los tiempos en que siendo un joven veinteañero trabajaba como empleado público en Alemania, ni tampoco cuando en la década del veinte era presidente de una compañía petrolera independiente- que con el correr de los años se convertiría en el más alto exponente de la novela negra norteamericana y, por qué no, en uno de los más grandes escritores de ese país en este siglo. Nacido en Chicago en 1888, luego del divorcio de sus padres y cuando solo tenía siete años, su madre lo llevó a Londres, permaneciendo en Europa hasta 1912, donde trabajó como empleado y periodista independiente. Luego de participar en la Primera Guerra Mundial regresó a California, donde viviría el resto de su vida. Al morir su madre en 1924 se casa con Pearl Cecily Bowen (Cissy), casi dieciocho años mayor que él (quedan para los psicoanalistas las interpretaciones del caso), con quien compartirá tres décadas de su vida, hasta la muerte de ella en 1954. Cissy y sus queridos gatos -nunca tuvo hijos- serán su compañía cotidiana. Recién en 1933, cuando ya tenía 44 años, Chandler publicó su primer cuento, y su novela inicial, El sueño eterno, la escribió a los cincuenta años. Después de la muerte de su esposa, el escritor entró en un estado depresivo que incrementó, si cabe, su vocación etílica (fue un gran bebedor durante toda su vida) e incluso provocó dos frustrados intentos de suicidio. Raymond Chandler falleció en La Jolla, California, en 1959, a los setenta años.

(Quizá debía haberme quedado en París, a pesar de que nunca me gustaron realmente los franceses. Pero no te tienen que gustar rigurosamente los franceses para sentirte en tu casa en París.)

(Durante treinta años, diez meses y cuatro días, ella fue la luz de mi vida, mi única ambición. Todo lo demás que hice fue solo el fuego para que ella se calentara las manos.)

(La muerte de nuestra gata persa nos dejó un poco afligidos. Cuando digo un poco afligidos es solo una manera convencional de hablar. Para nosotros fue una tragedia.)

Letras. Hasta 1920, hablar de novelas policiales era referirse de manera casi excluyente a su vertiente inglesa, con sus tramas impecablemente construidas -que casi siempre transcurrían en los refinados ambientes de las clases altas- y en la que el lector debía desplegar, junto al investigador de turno, toda su imaginación para descubrir al "culpable" antes de llegar a la última página. En aquel año (1920) aparece en Estados Unidos la revista Black Mask, un pulp magazine dedicado a difundir diversos relatos de acción de distintos géneros. Pero será en el decenio 1926-1936, período en el que es dirigida por Joseph Shaw, cuando la revista adquirirá su verdadera identidad con la publicación de los cuentos y novelas de Dashiell Hammett y otros escritores hoy olvidados. En esos relatos está la auténtica génesis de la novela negra norteamericana, un género que, a diferencia del inglés, pone al desnudo los vicios y las ambiciones de la sociedad capitalista, una sociedad donde el dinero y la búsqueda del poder aparecen como los auténticos motores de las relaciones humanas, con su secuela de crímenes, marginación e injusticia. Si en el relato policial inglés lo que importaba era "quién" cometió un crimen, en la novela negra norteamericana lo fundamental era desentrañar "por qué" alguien había sido asesinado. Será en Black Mask donde Chandler publicará en 1933 su primer relato: Los chantajistas no matan.

(Empecé a leer revistas de papel barato como Black Mask... y lo que me sorprendía era que algunas de las cosas estaban escritas con fuerza y honestidad... Resolví que esta era una buena manera de aprender a escribir ficción y de conseguir al mismo tiempo un poco de dinero. Me pasé cinco meses trabajando en una novela corta de 18.000 palabras y la vendí en 180 dólares.)

(El realista de esta rama literaria debe escribir sobre un mundo en el que los pistoleros pueden gobernar naciones y ciudades, en que los hoteles, casas de departamentos y restaurantes famosos están en manos de hombres que han hecho su fortuna regenteando prostíbulos; en el que un juez con una bodega repleta de licores de contrabando, puede enviar a la cárcel a un hombre por tener una botella de litro en un bolsillo. No es un mundo muy fragante pero es el mundo en que vivimos y ciertos escritores de mente recia y frío espíritu de desapego pueden dibujar en él tramas interesantes y hasta divertidas.)

Marlowe. Siempre se han intentado establecer comparaciones entre Hammett y Chandler, los dos grandes maestros de la novela negra norteamericana. Más allá de sus distintas formaciones (Hammett fue detective de la agencia Pinkerton, mientras que Chandler era un hombre educado en Europa), la principal deferencia entre los dos es la oposición entre el estilo seco, distanciado y carente de emoción de Hammett y el desesperado romanticismo que impregna los relatos de Chandler, que encuentra su máxima expresión en el personaje de Philip Marlowe, el detective privado que hará su aparición en la primera novela del escritor y lo acompañará hasta sus últimos textos. Solitario, melancólico y escéptico, Marlowe será una suerte de alter ego de Chandler, un quijote que enfrenta una sociedad que no comprende sólo armado con su insobornable ética y su dignidad personal. El desmoronamiento progresivo de Marlowe (en Poodle Springs, la última novela inconclusa del escritor, aparece casado con una millonaria) es paralelo al de Chandler en los últimos años de su vida, luego de la muerte de su esposa.

(Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Lo que tiene es una conciencia personal, que es algo muy diferente.)

(A Marlowe le importa un pito quién es presidente; a mí tampoco pues sé que será uno que anda en política. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañen y tengan dinero; las despreciamos por hipócritas.)

(Si alguna vez hubiera tenido la oportunidad de elegir un actor de cine que representara mejor la imagen que yo tengo de él, creo que tendría que haber sido Cary Grant.)

(Lo estoy escribiendo casado con una mujer rica y enterrado en plata, pero no creo que dure.)

Hollywood. En 1943 Chandler entra en la Paramount; su primer guión será nada menos que el de Pacto de sangre, la obra maestra de Billy Wilder sobre la novela de James M. Cain, y trabajará en Hollywood en distintos estudios hasta 1951 (sus experiencias darán lugar a un meduloso ensayo, Escritores en Hollywood, publicado en 1945). En ese período, aparte de la película de Wilder, participó en los guiones de El mañana es nuestro, un olvidado film de Irving Pichel; La sombra funesta, un relato fantástico de Lewis Allen; escribió a solas el de La dalia azul de George Marshall (el guión de Chandler está por encima de la dirección) y también fue uno de los adaptadores de la novela de Patricia Highsmith que dio origen a Pacto siniestro, la gran película de Hitchcock.

(Si mis libros fueran peores de lo que son, no me habrían invitado a Hollywood, y si hubieran sido mejores yo no habría venido.)

(Trabajar con Billy Wilder en Pacto de sangre fue una experiencia traumática y probablemente me haya robado años de vida, pero aprendí de cómo se hace un guión todo lo que se puede saber, lo que, en mi caso, no es mucho.)

(Las mejores críticas que leí sobre La dalia azul provienen de Inglaterra, las peores de The New Yorker, pero al tipo del New Yorker se le permite que le guste solo una película al año.)

(Lo que me divierte de Hitchcock es la manera en que dirige una película en su cabeza antes de conocer cuál será la historia. Lo que uno termina por concebir mentalmente son las tomas que él quiere hacer.)

Adaptaciones. Varias son las películas que se hicieron a lo largo de casi sesenta años adaptando distintos relatos de Chandler, y la calidad, desde luego, es desigual. No conozco las dos primeras, quickies que apenas sobrepasan la hora de metraje, basadas respectivamente en Adiós, muñeca y La ventana siniestra. El primer film importante sobre una novela de Chandler es El enigma del collar, de Edward Dmytryk y con Dick Powell, en un bienvenido cambio de paso en su carrera, interpretando a Philip Marlowe. Segunda adaptación de Adiós, muñeca, con una Claire Trevor extraordinaria en su rol de mujer fatal y una atmósfera que capta cabalmente la sordidez y ambigüedad de la historia, la película es uno de los primeros títulos valiosos del período de oro del film noir.

Al borde del abismo, de Howard Hawks, basada en El sueño eterno, la primera de las novelas de Chandler, es un auténtico clásico. La película fue acusada por alguna crítica de incomprensible y su guión -en el que participaron Leigh Brackett, Jules Furtman y nada menos que William Faulkner- de confuso. Puede que haya algo de eso (son famosos los encuentros generosamente etílicos entre Hawks, Faulkner y Humphrey Bogart, que interpreta a Marlowe, para discutir aspectos del film), y la versión restaurada con 18 minutos de más no parece garantizar una mayor claridad, pero es tan notable el clima del relato, con varias secuencias memorables, y tan grande la química entre Bogart y Lauren Bacall, que aquellos cuestionamientos pasan definitivamente a un segundo plano.

(Si llegás a ver The Big Sleep -la primera mitad por lo menos- te darás cuenta de lo que puede hacer con este tipo de historia un director con el don de la atmósfera y con el toque indispensable de sadismo latente. Naturalmente, Bogart es además mucho mejor que cualquier otro actor de "tipo rudo"... Posee además un sentido del humor que mitiga ese irritante tono de desprecio subyacente.)

(Recuerdo que unos cuantos años atrás, cuando Howard Hawks estaba filmando The Big Sleep, él y Bogart tuvieron una discusión sobre si uno de los personajes era asesinado o se suicidaba y, qué me cuentan, yo tampoco sabía.)

La moneda trágica, de John Brahm, basado en La ventana siniestra, es un film que hace muchísimos años que no veo, pero mi memoria registra una película muy discreta, con un poco convincente George Montgomery en el papel de Marlowe.

El primer film de Robert Montgomery, La dama del lago, es un auténtico tour de force, ya que está rodada en su totalidad con cámara subjetiva desde el punto de vista de Marlowe y en un solo plano se ve al detective reflejado en un espejo. El procedimiento en algunos momentos funciona -como en la escena en la que Marlowe trata de alcanzar arrastrándose una cabina telefónica luego de haber recibido una paliza-, pero en general aparece como forzado, reiterativo y fatigoso. De todos modos, el film es hoy una curiosidad.

(La técnica de la cámara-ojo de La dama del lago es historia antigua en Hollywood... Todo escritor o director joven ha querido intentarla. Conozco a uno que quería hacer de la cámara el asesino, lo que no hubiera funcionado sin una trampa enorme. La cámara es demasiado honesta.)

Hasta aquí las versiones de su obra realizadas en vida del escritor, pero varias más se hicieron después de su muerte.

Marlowe, detective privado, de Paul Bogart, es una adaptación de La hermana pequeña, con James Caan protagonizando al investigador. Sin ser memorable, ni mucho menos, la película tiene varios momentos efectivos y una insólita aparición de Bruce Lee, ejercitando su capacidad para las artes marciales.

El largo adiós no solo es la obra maestra de Raymond Chandler, sino una de las grandes novelas norteamericanas del siglo. Es muy posible que la versión cinematográfica de Robert Altman (Un adiós peligroso) irrite a los admiradores del escritor, ya que tanto la ambientación temporal de la historia (el director la traslada a los años setenta) como la caracterización de Marlowe, personificado por Elliott Gould, se alejan bastante del universo del escritor. Altman y su guionista Leigh Brackett, que ya había participado casi treinta años antes en Al borde del abismo, se sirven de la novela de Chandler para darnos su visión de los Estados Unidos de la década del setenta. Una adaptación poco ortodoxa, pero para nada descartable.

(Yo escribí El largo adiós como quería, porque ahora puedo hacerlo. Me tenía sin cuidado que "el misterio fuera bastante obvio". Lo que me importaba era la gente, este extraño y corrupto mundo en el que vivimos, y cómo toda persona que intenta ser honesta termina pareciendo sentimental o simplemente tonta.)

Todo lo contrario a la anterior es Adiós, muñeca, de Dick Richards, un film que trata de recuperar con la mayor fidelidad posible los climas y los ambientes del cine negro de los años cuarenta. El guión de David Zelag Goodman capta con precisión el clima sórdido y ambiguo de la novela; hay un meticuloso trabajo de iluminación de John Alonzo, y la interpretación de Robert Mitchum (extraordinaria) como Marlowe transmite toda la melancolía y el escepticismo del personaje. Una adaptación de Chandler fiel y respetuosa, servida por una puesta en escena clásica y funcional, en las antípodas de la comentada de Altman.

(No estoy de acuerdo con que esta novela, La hermana pequeña, supera con mucho a todas las demás. Yo creo que Adiós, muñeca es la mejor y que nunca lograré reunir nuevamente la misma combinación de ingrediente.)

No vale la pena prestarle mucha atención a El sueño eterno, remake de Al borde del abismo, dirigida por el mediocre Michael Winner, otra vez con Mitchum y un notable cast de secundarios, pero filmada con chatura y desgano.

La última adaptación hasta la fecha de Chandler es Poodle Springs, un film para TV dirigido por Bob Rafelson y con James Caan nuevamente como Marlowe, basado en la última novela inconclusa del escritor, aquella en la que se casaba con una millonaria. Quienes reciben la señal Cinemax tendrán la oportunidad de verla este mes.

(Lo voy a hacer casar a Marlowe con la muchacha de los ocho millones de El largo adiós... No sé cómo se resolverá, pero ella será incapaz de domarlo. Quizás el matrimonio no dure,

o hasta es posible que ella termine por respetar su integridad.)

Paso por ser un escritor insensible, pero eso no tiene sentido. Es simplemente una manera de proyectar. Personalmente soy sensible y hasta tímido. A veces soy cáustico y belicoso en extremo; otras absolutamente sentimental. No soy un ser sociable porque me aburro con mucha facilidad, y el término medio nunca me satisface, ni en la gente ni en ninguna otra cosa…

http://enllamas.blogspot.com/2005/04/el-hombre-que-amaba-los-gatos.html

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