Hasta hoy me enteré de la existencia de Pablo Montoya, lo que más lamento es que sea el director del Doctorado de literatura de la Universidad de Antioquia. Si el profesor se deja impactar por la insolencia de Fernando Vallejo y se escuda en argumentos propios de alguien que sólo ha escuchado alguna entrevista o ha leído de afán uno de sus libros, creo que el doctorado no está en buenas manos. El profesor Montoya sufre y llora por lo que sufren y lloran los detractores de Fernando Vallejo que por lo general son lectores ignorantes, serios, conservadores, con poco sentido del humor y trascendentales.
El profesor:
No establece diferencias entre autor y obra, literatura y vida, pensamiento y acción.
Cree que Fernando Vallejo es nazi.
Censura la homosexualidad de Fernando Vallejo.
No le perdona que ame a la abuela siendo madre y mujer.
Creo que Fernando Vallejo sí cree en Dios aunque haya escrito que no existe y si existe es una gonorrea.
Cree que Fernando Vallejo es mentiroso, odia a los pobres, a las mujeres, a los políticos y a las embarazadas.
No entiende los chistes de Fernando Vallejo.
Cree que Fernando Vallejo escribe autobiografías.
Cree que Fernando Vallejo es contradictorio.
Cree que Fernando Vallejo fue un fracasado hasta hace poco tiempo.
Cree que Fernando Vallejo no es un escritor universal.
Cree que Fernando Vallejo se acuesta con muchachos pobres.
Cree que Fernando Vallejo es amargado.
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Yo creo que el texto del profesor Montoya más que comprobar los desaciertos en la obra y la persona de Fernando Vallejo lo que deja ver es su obsesión por las citas, su verguenza ancestral, su sentimiento de inferioridad ante los críticos bogotanos, su dolor ante el triunfo ajeno, su supuesta valía intelectual, su falta de rigurosidad en el análisis, su mirada parcial, resentida y ofendida, su deseo de dañar, su búsqueda de debilidad en su supuesto enemigo y tantos otros sentimientos reprochables que aparecen precisamente en la obra de Fernando Vallejo y él no ha sido capaz de ver.
Con ustedes, el profesor Montoya:
FERNANDO VALLEJO: DEMOLICIONES DE UN REACCIONARIO
Por Pablo Montoya*
Ilustraciones de Nicolás Lozano
Pablo Montoya, escritor antioqueño, hace un recorrido a fondo por la obra del también escritor antioqueño Fernando Vallejo. Como producto de esta disección, desentraña los elementos más problemáticos del universo vallejiano: su odio por el pueblo, por las mujeres embarazadas, por los pobres, así como sus simpatías por personajes como Laureano Gómez y Adolfo Hitler. Texto leído en la apertura del coloquio «La sátira en América Latina», organizado por la Universidad de la Sorbonne Nouvelle-Paris III.
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Una buena parte de la crítica literaria que se ha aproximado a la obra de Fernando Vallejo es la que han establecido los mismos escritores. En Colombia, desde Héctor Abad Faciolince, William Ospina, Nicolás Suescún, hasta las nuevas generaciones, donde sobresalen los criterios de Juan Álvarez, se le ha atribuido a la obra de Vallejo consideraciones entusiastas. Desde expresiones que van desde santo o energúmeno genial (1), o hipertrófico de la inteligencia y la sensibilidad (2), hasta decir de su obra que es el más emocionado grito de independencia y rebeldía(3), o de considerar al autor el más triste y radical humanista del desencanto (4), estas voces piensan que lo que se esconde detrás de los ataques corrosivos del escritor antioqueño es uno de los rasgos de su amor amargo hacia Colombia. Todas estas opiniones, que enaltecen las calidades literarias de una narrativa singular pero que dejan pasar por alto los matices reaccionarios que la sostienen, se podrían reducir a algo así como: Vallejo despotrica sobre Colombia porque le duele Colombia. Y su odio gigantesco es directamente proporcional a su amor. Ahora bien, la desmesura de este amor sincero y dolido hasta el marasmo parece que salvara de las consideraciones racistas, misóginas y fascistas las turbulentas aguas del río del tiempo vallejiano. En el plano de la recepción internacional de sus libros, ha sucedido algo similar. Se ensalzan el amor, la fraternidad, el trabajo del lenguaje manifiesto en la obra de Vallejo, pero hay pocas referencias a su trasfondo repulsivo. Así, Fernando Aínsa, uno de los jurados del Concurso Rómulo Gallegos que premió El desbarrancadero en el 2003, explica que más allá de la injuria hacia la mujer, de la que está repleta la novela, hay «un himno del amor fraternal» digno de homenajear (5). Así, Michel Bibard, en su prólogo a la versión al francés que hizo de La virgen de los sicarios dice que el lector, ante la acción catártica que sugiere la novela, «sale más exaltado que abrumado» (6). Así, Claude Michel Cluny, el editor del suplemento literario de Le Figaro, afirma de la misma novela que «es el más bello canto de amor y de condenación arrancado a la literatura en mucho tiempo» (7). En fin, William Ospina, en su comentario sobre la película La virgen de los sicarios, considera que el objetivo de Vallejo «es menos retratar una conciencia que zarandear un país» (8), permitiendo columbrar que la crítica se ha dedicado a interpretar cómo se zarandea un país sin pensar mucho en acercarse a la conciencia que zarandea. Es verdad que la obra de Vallejo integra esa cadena de célebres diatribas literarias donde bien podrían situarse las enarboladas por Léon Bloy y Céline. Las de Vallejo, como las de estos dos autores franceses, deben leerse en el plano mismo de la creación literaria. Pero, por el carácter de lo que dicen y por cómo lo dicen, se relacionan inevitablemente con las realidades sociales y políticas de sus países. Por tal razón no es sólo necesario sino pertinente desentrañar el usual pensamiento segregacionista que aparece, sin preámbulos ni concesiones, en estas demoliciones literarias.
Los escritores reaccionarios, tiznados de una cierta aureola de malditismo, son en el fondo iracundos resentidos e irreverentes frustrados. Enemigos del progreso y despotricadores del pasado, están suspendidos en una suerte de cotidiana amargura biliar. Reacios a casi todos los sistemas sociales y sus logros, ajenos a cualquier relación armónica con los dioses y los hombres, estos escritores se encaminan a una sola misión: desbaratar certezas políticas y religiosas, dinamitar los cimientos filantrópicos de la cultura. Esta forma de ataque recurre a la diatriba. Y la diatriba, en literatura, es la extrema expresión de la burla. Es esa burla que se torna escandalosa para que todos la escuchen, pero que con frecuencia corre el riego de terminar arrojada al triste rincón de las opiniones difíciles de tomar en serio. En el caso de Vallejo, la diatriba es una forma elaborada literariamente de lo que en Antioquia se llama la cantaleta. Y la cantaleta no es más que un canto. De ahí viene su etimología, entre otras cosas, que de tanto repetirse y acudir a la invectiva atragantada se convierte en una verbosidad agresiva que hace reír e incomoda las buenas conciencias, pero que también se torna fatigante monotonía. La diatriba acude, por lo demás, a las formas tradicionales de la ironía. A la repetición delirante, a la hipérbole sin límites, al símil arrasador, a la continua contradicción, al devaneo incoherente, a la injuria sagaz y al insulto de baja estofa. La de Vallejo se apoya en todos estos recursos. Pero su riqueza textual no se limita sólo a esta variada representación de una obra cínica hasta lo insoportable, sino que reside también en las conexiones que hay entre el discurso de su obra, eminentemente autobiográfico, y las realidades sociales de Colombia. En cuanto autobiografía novelada, es difícil seguir el consejo de los estructuralistas cuando plantean diferenciar al narrador del autor. Ambas entidades, en realidad, casi siempre se funden en Vallejo. Desde las cinco novelas de El río del tiempo hasta Mi hermano, el alcalde, y desde las biografías de los poetas Barba Jacob y Silva —El mensajero y Chapolas negras—, hasta los ensayos contra Darwin y Newton —La tautología darwinista y otros ensayos de biología y Manualito de imposturología física—, el hombre Fernando Vallejo está presente. De ahí que sean discutibles las interpretaciones que proponen separar al autor del narrador porque eso significaría creer que esa entidad que fustiga sin cesar todo establecimiento, todo orden, todo sistema, no tiene que ver con el señor radicado en Ciudad de México y que cada determinado tiempo sale de su madriguera a lanzar las mismas diatribas que se repiten en su obra y que hacen de ellas, a veces, un bochornoso espectáculo del escándalo (9).
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Para Vallejo, como sucede en Céline, en el acto de la escritura lo que importa es la emoción y no las ideas (10). Pero la primera, en ambos escritores, se estimula con las segundas. La emoción ultrajada en Vallejo se ha trazado un objetivo de alguna manera encomiable: construir una obra desde un yo narrativo que tiene como máxima preocupación adquirir un estilo. Ésta, por lo demás, es la más llamativa preocupación técnica en alguien que escribe novelas desmembradas desde el punto de vista del orden de las acciones. Incluso el propio narrador vallejiano se burla de la tercera persona, del tradicional orden temporal y de la unidad de espacio propio del arte novelístico. La elaboración de este estilo logra sus mejores momentos en La virgen de los sicarios y El desbarrancadero y, sin duda, es el producto de un trabajo de muchos años presente en la escritura de las cinco novelas que conforman El río del tiempo y El mensajero, la biografía sobre Barba Jacob. Un estilo que se depura a través de una muy acertada utilización de los lenguajes populares de Antioquia. Apoyándose en ellos, Vallejo logra en ocasiones un relato frenético, desbordante, jubiloso, humorístico, plagado de violencia sobre la ondeante, por no decir sombría, condición humana. Sin embargo, aunque Vallejo admire a Céline, se trata de un reconocimiento previsible ya que los dos escritores forman parte de la familia de los alegadores malditos del siglo XX, el tono de su diatriba no proviene de él. Está enraizado, más bien, en la literatura antioqueña. Esa literatura, llamada despectivamente regional por los cosmopolitas críticos de Bogotá, que va desde los dicharacheros y copleros campesinos del siglo XIX hasta la escrita en el siglo XX por autores como Fernando González y los nadaístas dirigidos por Gonzalo Arango. El afán de burlarse de la tendencia comerciante y usurera de los paisas, de su mezquina avaricia atávica que cabalga al lado del cultivo de un catolicismo filisteo e hipócrita; el ánimo siempre encendido de atacar la enseñanza de salesianos, jesuitas, dominicos, benedictinos, franciscanos y otros representantes de la brumosa pedagogía antioqueña proviene de un espíritu profundamente anticlerical, como el de Fernando González (11). Lo que sucede es que en Vallejo la crítica al establecimiento asume rasgos extremistas que González, ese viejo que salía en pelota a la calle para asustar a las vecinas de su finca, no practicó. Vallejo es un iconoclasta que odia toda noción de humanismo y es ajeno a cualquier ideal liberador para los hombres de Colombia y América Latina, mientras que González creía en ciertos valores éticos y políticos que podían liberar al pueblo, muchos de los cuales veía representados en Simón Bolívar. Para Vallejo, este personaje, es simplemente pernicioso. «Un hombrecito bajito», sangriento y ambicioso que no liberó nada y, en cambio, dejó sembrado el panorama político de Colombia de la peor corrupción (12).
Entre González y Vallejo las similitudes llegan hasta tal punto que es posible decir que a ambos los cobija, además de una inquietante contradicción que atraviesa sus obras —los dos critican políticos y alaban a otros aún más deplorables: Vallejo, por ejemplo, admira a Laureano Gómez en El río del tiempo y González celebra a Juan Vicente Gómez en Mi compadre—, un contorno anarquista que planea en varias de sus posiciones intelectuales. Pero si en González se trata de un anarquismo vitalista alimentado con conceptos griegos, latinos y bolivarianos, en el caso de Vallejo hay un claro anarquismo de derecha, sesgado por el racismo, que abomina de todos los procesos de transformación social dados en Colombia y en América Latina. Y, no obstante, es posible afirmar que ambos se confabulan en la práctica de una regresiva rebeldía conservadora, así expresen escandalosamente posiciones anticlericales. Donde también se siente la influencia de González en Vallejo es en la singular utilización del yo narrativo. Gutiérrez Girardot, en un breve pero certero análisis de la obra de González, dice: «Fernando González sólo tenía un punto de referencia, el Yo, a cuyo predominio llamó egoencia» (13). Vallejo cultiva un mecanismo similar pero, distante de la terminología filosófica a la que se inclina tanto González, lo llama egoísmo feroz o síndrome del ego. Lo suyo, como lo expresa en El fuego secreto, es «una colcha deshilvanada de retazos (...) pedazos unidos por el débil hilo del yo» (14). En realidad, si González trata de edificar desde ese yo una conciencia liberadora, Vallejo aniquila todas las conciencias, pues es un yo que en tanto que edifica un mundo pasado lo niega a partir de sus continuos derrumbamientos verbales. Un yo que, incluso, en la medida en que va trazando su autobiografía, desbarata las fronteras de los géneros literarios. Porque la obra de Vallejo no es ni novela, ni historia, ni poesía, ni biografía. Sólo un deseo logrado de oponer a la devastadora muerte la efímera existencia de la palabra.
El caso del movimiento nadaísta, dirigido por Gonzalo Arango, es todavía más identificable. Puesto que en tiempo y espacio Vallejo coincidió con los nadaístas. Ellos son sus inseparables coetáneos. De hecho, cuando los nadaístas irrumpieron en la historia oficial de Medellín, al lanzar un pedo químico en la inauguración de un Congreso de Escribanos Católicos, Vallejo ya iba y venía por las calles de la ciudad en procura de experiencias literarias y sexuales, entre las cuales algunas de ellas era hablar con los blasfemos nadaístas y las otras llevarse a la cama algunos hermosos muchachos (15). El nadaísmo, en fin, del que tanto se ha hablado y se sigue hablando en Medellín, pero poco en las otras ciudades de Colombia y casi nada en el exterior, fue un movimiento de capilla torpemente liberador. Como muy bien lo dice Antonio Restrepo, era «una mezcla de anarquismo con un existencialismo de cliché» (16). Ante una idiosincrasia conservadora hasta la ridiculez como lo era la antioqueña a finales de 1950, los nadaístas, un movimiento medio hippie y místico al modo de la generación beat, pero que terminó lamiéndoles las posaderas a los generales y políticos colombianos, opuso una serie de acciones y manifiestos ruidosos. Hacían quemas de libros, invadían cementerios en las noches y fornicaban con cadáveres, iban a comulgar en las iglesias y en vez de tragarse las hostias las metían en los libros de Rimbaud y Lautréamont, pegaban afiches funerarios en los que invitaban a las exequias de la poesía colombiana, saboteaban todo tipo de eventos oficiales dándose a los gritos. Como ellos, Vallejo utiliza en sus obras mecanismos similares cuando ataca a las instituciones religiosas. Su frase «Dios no existe y si existe es la gran gonorrea» (17), que brilla con venéreo ateísmo en La virgen de los sicarios, pudo haberla pronunciado uno de esos nadaístas incapaces de superar los resabios rebeldes de los años sesenta. De tal modo que ante un mal gusto entronizado, el de la ciudad homófoba, hispánica hasta el tuétano de los tiples y los bambucos y enemiga del librepensamiento, lo que proponían estos marihuanos que se creían hijos de Nietzsche y de los poetas malditos franceses, y no eran más que traviesos discípulos de Fernando González, era otra cara más del mal gusto y el exceso de la cultura parroquial de Antioquia. Vallejo anduvo con ellos, y de no haberse ido de Medellín, a recorrer los caminos de Bogotá, Roma, Nueva York y México, habría terminado acaso enredado en filiaciones de un movimiento que pocas cosas interesantes dejó para la literatura colombiana y ninguna para la latinoamericana. Dejó, en cambio, una actitud de vituperio provinciano que acaparó la atención indignada de las beatas, los curas y los ricos industriales católicos del Medellín de entonces. De ese mismo Medellín que Vallejo afrenta sin cansancio en novelas como Los días azules y El fuego secreto. Alegato que consiste, por lo demás, en negar la represión sexual del catolicismo antioqueño y fomentar un vitalismo sexual incesante que ya Fernando González defendía desde la década de los treinta y que los nadaístas continuarían a su estruendoso modo. Lo que quiero decir, entonces, es que la obra de Vallejo debe enmarcarse, más que en la tradición de la diatriba francesa, en la tradición antioqueña. Una tradición satírica nacida de una región retrógrada al modo de la España más cerril. Y cuya actitud parece fundarse, entre otras, en una circunstancia paradójica. Por un lado, la necesidad de ensalzar un paraíso, una especie de patria, un jardín perdido, que se ubica en la infancia del escritor vivida en el campo, en fincas lujuriantes y vastísimas, a orillas de ríos broncos y viriles, y al mismo tiempo una urgencia atrabiliaria de derrumbar, atacándolos, los valores de esa Antioquia goda. Doble movimiento de una sensibilidad, la de Vallejo, que sucumbe a la nostalgia del pasado en medio de un presente que se levanta desde la permanente destrucción.
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Pero ¿a qué se aferra Fernando Vallejo en sus novelas? Se adhiere, a través de las palabras, al furor que le produce una pérdida y a la nostalgia por lo irremediablemente perdido. Y lo perdido es simplemente la infancia. Ese instante pleno, armonioso, traslúcido, «cuyo centro está en el medio y en la periferia y en todas partes y que nada disturba» (18) . Infancia que, en su caso, es un orden familiar arcaico y arcádico. Los abuelos, los padres, los tíos y tías de las novelas que integran El río del tiempo son el reflejo de un sistema matriarcal represor, aunque lleno de amor. Un amor malsano que el narrador añora y abomina al mismo tiempo. Por ello, aunque se niegue en apariencia toda noción de patria en sus obras, ésta se puede asociar rápidamente con la recuperación de un lenguaje (19) y, sobre todo, con el edénico territorio de la infancia. La pesquisa memoriosa de Vallejo remite a la que Barba Jacob realiza en su poema «Parábola del retorno», donde el añorado pasado es ese «viejo huertecito de perfumadas grutas donde iban los niños a jugar» (20) . Porque lo que intenta el narrador vallejiano es regresar al cuarto de infancia de la finca de Santa Anita. Esa finca situada entre Sabaneta y Envigado, y que remite, al menos en la evocación idílica de su autor, a la hacienda El Paraíso de María, de Jorge Isaacs. Aposentos rurales que anhelan representar a una Colombia ajena a las crisis sociales y culturales que siempre la han acompañado. Pero lo curioso es que este regreso de Vallejo a la infancia está estremecido por el desprecio a toda idea y a todo proyecto socializador surgido de su entorno, pero igualmente se suspende, como en una sonsoneteada canción de cuna, en la remembranza de un mundo definitivamente ido.
El Medellín que ansía Vallejo es el Medellín de la inocencia. Esa suerte «de limbo de la monotonía y el aburrimiento», para tomar la conocida frase de Tomás Carrasquilla (21), donde respiró la maltrecha alegría de una infancia transcurrida, no obstante, en medio del caos infernal de su familia. Un Medellín que cumplía lo mejor posible los preceptos de la Iglesia, desdeñosa de los inmensos conflictos sociales que se estaban cuajando desde hacía tiempos y brotarían después con sus rasgos demenciales, ajena a los desplazamientos humanos producidos por la violencia partidista y el advenimiento del narcotráfico y los males de la llamada posmodernidad. Es un espacio de chismorreos de familias patriarcales y muy temerosas de Dios. Son las fincas antioqueñas de entonces, esas «islitas de felicidad en la tierra» (22) , aún no invadidas por la guerrilla o robadas por los delincuentes o tomadas por los campesinos que se reproducen como ratas para quitarles injustamente la tierra a los ricos. El Medellín que parece añorar ese yo desquiciado que recuerda es un pedazo de Colombia reacio a los proyectos liberales y a toda reforma agraria, ya que ésta no es más que una ley infame por la cual se les quita la tierra a sus verdaderos dueños para dársela a campesinos marrulleros, criminales y perezosos (23). Un fragmento de Colombia, enemigo de las reivindicaciones populares y sindicales. Una región imbuida de los ideales del Partido Conservador, al cual pertenecía el padre del narrador de El río del tiempo, ese ministro laureanista, trabajador y responsable, mal negociante y dueño de muchas fincas. Unas coordenadas utópicas donde no hay pobres y maleantes; donde el pueblo, con su mal gusto, su fealdad, sus estrambóticos cruces raciales y su violencia, aún no ha aparecido en la geografía colombiana. Un lugar, en fin, en cuyo centro se levanta el seno maternal de una abuela amada, a pesar de ser tan prolífica como todas las demás mujeres odiadas por Vallejo. Y donde respira la blanca alegría del niño fascinado por la llegada de diciembre. El paraíso de Vallejo, esa patria perdida, la pequeña parcela abismada en el tiempo, es simple en el fondo. Tan simple y elemental como un globo navideño: la dicha de un niño antioqueño que canta villancicos y contempla pesebres y alumbrados. De ahí que Eduardo Escobar, su contemporáneo nadaísta, no se equivoque cuando afirma que Vallejo en el fondo no es más que «un sentimental disfrazado de nazi» (24) .
Perdido entonces el paraíso y consciente de que su país vive sumergido en una violencia que se agudizó con el machete liberal y conservador después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, pasado el tiempo de los viajes y los oficios varios (Vallejo fue feliz viajero, cineasta desafortunado, desdichado plomero, aprendiz de médico, físico errático, biólogo sin diploma), «el hombre camino a la derrota», el «viejo lejos de la Antioquia amada», «el navegante sin aguja de marear»(25), se pone a escribir sus andanadas autobiográficas. El consejo más importante para tal empresa, Vallejo parece tomarlo de Porfirio Barba Jacob. El poeta colombiano se lo dijo a un amigo mientras paseaban por el malecón habanero: «Amigo mío, para ser hombre en toda su plenitud son necesarias dos cosas imperativas: odiar a la patria y aborrecer a la madre» (26) . Vallejo sigue esta premisa al pie de la letra. Y como Barba Jacob, se dedica obsesivamente a disentir. La manía rebelde, la determinación de jamás obedecer, proviene también de este poeta al cual Vallejo dedica uno de sus mejores trabajos literarios. Al final de Entre fantasmas, el narrador dice que en español, idioma que le parece por lo demás clerical, poco riguroso y, en cambio, redundante y periférico(27), las dos palabras más abyectas son pueblo y patria (28). Del primero, su obra está colmada de las consideraciones más rencorosas. Consideraciones que, por el carácter absurdo de sus propuestas, simplemente son difíciles de tomar en serio; sin embargo, terminan siendo las más inquietantes por los fines antisociales de sus perfiles. La relación con el nazismo, señalada por Escobar, no es fortuita en este sentido. La obra de Vallejo está permeada por un furor racista que lo sitúa como el último escritor fascista de Colombia, país ineludiblemente vallejiano por la gran cantidad de reaccionarios que ha producido. Curioso paradigma, por lo demás, de un fascismo que no tiene nada que ver con el que aclamaron los mediterráneos seguidores de Mussolini. El de Vallejo es, al contrario, defensor del más asfixiante individualismo y enemigo total de cualquier forma de organización popular. Un individualismo que, entre otras cosas, forma parte de un nihilismo contemporáneo muy en boga en la literatura occidental de finales del siglo XX y cuyo hondo desencanto es una respuesta al hecho de que todas las utopías, para ellos, han fracasado. El individualismo de Vallejo, proyección de una sensibilidad egoísta y narcisa hasta lo irrisorio, surge de las conquistas del liberalismo francés del siglo XVIII. De ahí que el escritor colombiano confiese en El desbarrancadero ser un descendiente especial de la Revolución francesa, del marqués de Sade, de Renan y Voltaire. Pero así se trate de un liberalismo radical, supuestamente impío, hereje, apóstata, blasfemador (29), está vapuleado por presupuestos propios de los idearios fascistas. Esta mezcla de sedimentos de varias ideologías incendiarias, que se utiliza para criticar un país plagado de males, asediada por el monstruo de cinco cabezas al decir de Vallejo —o sea, el Partido Conservador, el Partido Liberal, la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico— (30) es lo que tal vez suscite tanto interés en los lectores. Atractiva radiografía mental de quienes son los más importantes escritores colombianos de la actualidad. Al lado de un nazista sensiblero cuyo reino es la muerte, como Vallejo, y también pintorescos a su modo, está el Mutis monarquista cuyo reino es Bizancio y el García Márquez comunista cuyo reino es La Habana.
4
Las invectivas contra el pueblo atraviesan toda la obra narrativa de Vallejo. El pueblo, de hecho, sería como la sexta cabeza de la bestia mitológica que hace de Colombia el epicentro del infierno vallejiano. El pueblo es «la monstruoteca» por donde pasa el ángel exterminador de La virgen de los sicarios acompañado de su gramático recalcitrante (31). Los indios, los negros, los zambos, los mulatos y toda la gama racial que ha producido el mestizaje en América Latina, celebrados por una ensayística importante que va desde José Martí y José Vasconcelos hasta Pedro Henríquez Ureña y Alfonso Reyes, por sólo citar a los mayores exponentes de la utopía de «Nuestra América», son vilipendiados con los peores términos por Vallejo. Este yo narrador no se cansa de agraviar —y en esto es insistente, ferozmente repetitivo— a un pueblo feo, mugroso, soez, vulgar, ignorante, haragán, incestuoso, bufón, vándalo y criminal. Vallejo, de este modo, utiliza los tópicos propios de una literatura racista bien conocida, que proliferó en Occidente desde que los cronistas de Indias edificaron su visión del mundo recién descubierto y que Gobineau, siglos más tarde, sistematizó en su ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas con impecable estilo literario. Gran culpable de todos los males de Colombia, este pueblo tiene una relación directa con la pobreza. Y Vallejo detesta con igual fuerza a ese pueblo pobre que no se cansa de copular y procrear bajo la bendición irresponsable de los estados corruptos y la roña de la Iglesia católica. El pueblo pobre para Vallejo no es la causa de la violencia en Colombia, él mismo es el supremo generador de la violencia. Y como Vallejo es claramente oligárquico, pide a los ricos del mundo que se unan para acabar con tal flagelo (32). Por tal razón el pueblo, como si fuera una entelequia de papel ansiosa de fuego, merece que se le queme. «La única forma de acabar con este mal maldito de la pobreza es acabar con los pobres: rociarlos con Flit» (33) . Incluso para llevar a cabo tal solución, para que se fumigue a los indios y por fin desaparezcan los negros, Vallejo acude a Adolfo Hitler, uno de los pocos «santos» que le despiertan su total admiración (34). Esta noción de pueblo es, por supuesto, esquemática. Está levantada sobre una percepción del otro muy propia de los conservadores más peligrosos que ha tenido Colombia. Y es que Vallejo se define como un conservador por tradición y un liberal que dice no creer en Dios (35). Uno de esos conservadores, de hecho, es el único político colombiano que suscita el ditirambo de Vallejo en El río del tiempo. Se trata de Laureano Gómez. Figura lúgubre de nuestra lúgubre historia partidista, Gómez fue uno de los máximos enemigos de las ideales liberales y socialistas de la primera mitad del siglo XX colombiano. Orador implacable, instigador de odios a diestra y siniestra, ejemplar de la paranoia católica, Gómez arrojó a los colombianos por el camino de la intolerancia y los odios del cual el país aún no ha podido salir. Creyéndose el elegido para defender a su nación católica de los fantasmas del ateísmo, enarbolando un ideario antimoderno promulgado por los papas reaccionarios Pío XI, Pío XII y León XIII, Gómez combatió con delirio frenético las diversas corrientes del pensamiento liberal que van desde el humanismo erasmita, los principios de la Ilustración y la Revolución francesa, hasta las diversas tendencias del socialismo y el comunismo(36). Y aunque Vallejo en sus acostumbradas entrevistas lo demuela todo en cuestiones políticas, no hay que olvidar que en su autobiografía elogia la labor perniciosa de este conservador. Y es que en verdad ambos personajes tienen una parecida comprensión frente a ciertas circunstancias. Al menos se abrazan en el repudio sin ambages al pueblo y en el rechazo visceral que mantienen hacia todo tipo de reforma social que favorezca sus intereses. Para ambos el pueblo es oscuro, inepto, una categoría inferior donde es difícil diferenciar los seres humanos de los brutos (37). Sus imaginarios zoomorfos, cuando se han referido a los males que azotan a Colombia, gozan incluso de una llamativa proximidad. En este sentido, es posible establecer un raro contubernio entre el mítico basilisco que Laureano Gómez empleó para referirse a la Colombia de la revolución liberal en marcha de los años cuarenta, y el mítico monstruo bicéfalo partidista o la mítica hidra de varias cabezas con que Vallejo se ha referido a la Colombia actual. Hermanos en la retórica febril, optan también por una simple comprensión de los fenómenos históricos. Así, para los dos, el conservador iracundo y el anarquista injurioso, el origen de los males de Colombia y de América Latina se ubica en el inicio de los procesos de independencia, cuando las ideas masónicas y liberales empezaron a irrigar los pueblos y ciudades de la apacible colonización hispánica. Los cenagosos tiempos en que Laureano Gómez empuñaba las riendas del país significan «los buenos tiempos» para el narrador de Los ríos azules. En El fuego secreto alaba su «palabra de fuego». Esta palabra llameante de Laureano Gómez y la relación que con ella y su dueño tuvo el padre de Vallejo, el padre venerado por encima de la madre detestable, es quizás lo que hace de Gómez la única figura querida por Vallejo del panteón político de pacotilla colombiano. Laureano Gómez surca El río del tiempo de Vallejo como un rayo luminoso, como un vendaval excesivo e intransigente. Y acaso sea la cercanía entre dos espíritus extremistas lo que suscita esta ineludible simpatía. Contradictoria simpatía dirigida al hombre y al ideólogo fascista, porque del espíritu clerical, hispanófilo, corporativista, patriotero y homófobo de Laureano Gómez, Vallejo no tiene absolutamente nada.
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Vallejo, entonces, no representa a nadie. Él sólo habla por sí mismo. Es un individuo resentido, el último narciso energúmeno de una elite colombiana en desbandada, cuyo objeto de crítica y de burla abarca todos los políticos, todos los países y todos los sistemas. Y en esta furia que convulsiona aquí y allá como una serpiente herida de muerte, la contradicción es una de las constantes. En la obra de Vallejo se vapulea a los conservadores colombianos, pero se alaba a su exponente más siniestro. A Dios le endilga los peores insultos, su existencia sólo refleja el mal que pulula en el seno de la podrida humanidad, pero en el fondo Vallejo es un mariano inocuo. Detesta a Dios y lo niega con frecuencia, pero le reza con ridícula misericordia a las vírgenes de Medellín. Odia a la mujer preñada, porque no hay ser más deplorable en el mundo, pero ama a su abuela, que fue tan prolífica como lo son esas «putas perras paridoras» (38) que pululan en la actual Medellín con sus impúdicas barrigas crecidas. Despotrica contra los victimarios de la violencia colombiana, pero propone aniquilar a todos los descendientes de hoy de esas víctimas anónimas que Colombia, paradigma universal de la impunidad, aún no ha podido reconocer. Abomina de los pobres, pero el gramático Fernando ama entrañablemente a dos jovencitos sicarios, vomitados del puro centro de la pobrecía antioqueña. En fin, detesta a Colombia y la insulta, pero sabe que su única patria es ese país rezandero y asesino. Y en este juego delirante de las paradojas, el lector asciende en el camino de una prosa de implacable estilo, pero cae en la insensatez de sus rencores ilímites. Y es que de la obra de Vallejo se puede decir lo que Marc Hanrez dice de la obra de Céline: «Si ella gana por la violencia, la extrañeza y la dosis de divertimento, pierde en armonía, en rigor y en estima a causa de sus excesos» (39) .
He aquí, pues, a Vallejo como un promulgador solitario de todas las miserias humanas. Novelista de los desmoronamientos, capaz de nombrar todas las posibilidades de la violencia colombiana para así tratar de exorcizarlas, se yergue igualmente como el narrador de las imposibles aniquilaciones. «¿La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminen la niñez», grita el gramático de La virgen de los sicarios (40). Provocador exaltado, Vallejo propone un ámbito ficcional de disgregación y odio que abruma. Una geografía mental, acaso tierna y poética, dolorosamente nostálgica en algunos pasajes de su obra, pero genocida y cargada de tintes apocalípticos. Es curioso, pero Vallejo parece erguirse como ese escritor que refleja con sospechosa evidencia los ángulos catastróficos propios de Colombia. Para un país sembrado de horrores históricos y calamidades sin fin, no es extraño que surja de su seno, y justamente de una de sus regiones más retardatarias, un escritor de estas dimensiones. Desarticulándolo todo, derrumbándolo todo, despedazándolo todo, Vallejo no se sitúa por encima del objeto que zahiere. Termina, más bien, volviéndose una parte más de esa Colombia intemperante e inicua. Y es verdad, como sucedía con José María Vargas Vila, uno de sus hermanos espirituales en la diatriba, que con estos desmoronamientos verbales asistimos a la posibilidad de un alivio de la conciencia colectiva colombiana. Afirmamos cuando Vallejo arremete contra los siempre corruptos presidentes, contra los tiranos de toda laya, contra los reyes, cardenales y obispos malhechores, contra los burros militares, contra la delincuencia y la violencia seculares. Sin embargo, en esta voluntad de voltear el mundo al revés, empezamos a tomar distancias cuando aflora, agresivo y obsceno, el fondo de sus fantasías destructivas. La crítica, en general, ha considerado que este mecanismo busca un objetivo: «Hacernos participar de su despiadada lucidez y asumir la responsabilidad de los actos» (41). Pero también es factible pensar que con esta pretensión va de la mano un rabioso deseo de desmontar cualquier proyecto socializador. Denunciador inolvidable del mal, maldito de la estirpe del marqués de Sade y Céline, Vallejo termina cayendo en la fascinación del mal. Por ello hay algo en su obra que la torna peligrosa para toda construcción ética y cívica. En este comienzo de milenio, dice Claudio Magris, el hombre tiene ante sí un dilema: «Combatir el nihilismo o llevarlo a sus últimas consecuencias» (42) . No se necesita nada de audacia para concluir cuál ha sido la opción de Fernando Vallejo. Es obtuso idealizar el pasado, pero lo es igualmente caer en el encanto por lo desastroso. Vallejo incurre en estas tristes circunstancias. Y lo hace con una voz que se mofa muchas veces de la verdadera solidaridad y la justicia. Pero sigamos el consejo de Magris y creamos que el desencanto, tan propio de nuestros días, es una de las formas irónicas y melancólicas de la esperanza. Y tratemos de respirar, si es que existe, el extraño olor de la esperanza vallejiana.
1. Héctor Abad Faciolince considera que Vallejo «tiene la mirada del genio. O del santo, o del energúmeno. Parece un poseído por la furia y la pasión». Héctor Abad Faciolince, «El infierno es esta tierra», en Cromos, No. 4.148, Bogotá, 1997, p. 40.
2. Igualmente, Abad Faciolince en su reseña sobre El desbarrancadero dice: «Fernando Vallejo no tiene anomalía neurológica (salvo, tal vez, una hipertrofia de la inteligencia y de la sensibilidad)». Ver Héctor Abad Faciolince, «El odiador amable», en El Malpensante, No. 30, 2001, p. 87.
3. En su reseña sobre El fuego secreto, Nicolás Suescún dice que la novela «es la más violenta andanada que se ha escrito contra Colombia, pero es también un emocionado grito de independencia y rebeldía. Y ¿por qué no decirlo?, de amor también». Nicolás Suescún, «El fuego secreto de Fernando Vallejo», en revista Diners, No. 23.205, Bogotá, 1987, p. 92.
4. Esta es más o menos la opinión del joven escritor Juan Álvarez, quien dice que «en Vallejo hay (...) el más radical y triste de los humanismos, un humanismo sin concesiones, dispuesto a desnudar de manera descorazonada y descarnada las íntimas miserias humanas». En Juan Álvarez, «El humanismo injuriado de Fernando Vallejo», en revista Número, No. 49, Bogotá, 2006, p. 44.
5. Ver Fernando Aínsa, «El desbarrancadero de Fernando Vallejo, Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2003. ¿Una alegoría premonitoria?», en revista de literatura Quimera, No. 235, Barcelona, 2003, p. 57.
6. Michel Bibard, «La realidad ya no es maravillosa ni mágica», en Gaceta, No. 42-43, Bogotá, 1998, p. 41.
7. Claude Michel Cluny, «Opiniones francesas sobre Fernando Vallejo», ibid., p. 43.
8. Ver William Ospina, «La virgen de los sicarios en cine», en revista Número, No. 16, Bogotá, 2000. En www.revistanumero.com/26virgen.hpm.
9. Espectáculo que los colombianos celebran a su modo. Carlos Monsiváis decía que una de las intervenciones públicas de Vallejo en México suscitaría un linchamiento. Ver guión de La desazón suprema, documental de Luis Ospina, en Fernando Vallejo, condición y figura (recopilación de textos de Eufrasio Guzmán), Medellín, El ángel editor, 2005, p. 207. En Colombia, en cambio, como opina Óscar Collazos, Vallejo es simplemente un espectáculo que podría pagarse como cualquier espectáculo de variedades propiciadores de aplausos y carcajadas. Ver Óscar Collazos, «El espectáculo Vallejo», El Tiempo, Bogotá, 2 de noviembre de 2006 (www.eltiempo.com.co).
10. «Au commencemente était l’émotion», o «retrouver l’émotion du ‘parlé’ à travers l’écrit!», eran expresiones caras a Céline. Ver Pascal Fouché, Céline “Ça a débuté comme ça”, París, Découvertes Gallimard, 2001, pp. 3-4.
11. Dice el narrador de Los días azules: «Te voy a contar de quién es Otraparte: de Fernando González, el filósofo, un iconoclasta, quemador de curas y de santos, como yo», en Fernando Vallejo, El río del tiempo, Bogotá, Alfaguara, 2004, p. 125.
12. Ibid., p. 152.
13. Rafael Gutiérrez Girardot, «La literatura colombiana en el siglo XX», en Manual de historia de Colombia, tomo III, Bogotá, Ministerio de Cultura y TM Editores, 1999, p. 481.
14. Ver El río del tiempo, op. cit., p. 241.
15. En El fuego secreto, el narrador se refiere a los nadaístas como sacrílegos, pero les hace un reclamo furibundo: «A ver, ¿a qué derecho tienen estas ratas, estos cerdos a cruzarse por mi vida? Todo lo escupieron, todo lo insultaron, todo lo empuercaron, y a cambio ¿qué? Dos o tres dizque poemas escribieron en que ponían jirafa con ge y Egipto con hache y jota». Fernando Vallejo, El río del tiempo, op. cit, p. 296.
16. Ver Antonio Restrepo, «Literatura y pensamiento 1958-1985», en Nueva historia de Colombia, vol. VI, Bogotá, Planeta, p. 96.
17. Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, Bogotá, Alfaguara, 1994, p. 91.
18. Fernando Vallejo, Los caminos a Roma, en El río del tiempo, op. cit., p. 416.
19. Javier Murillo comprende la patria de Vallejo apoyándose en una célebre frase de Cioran: «No se habita un país, se habita una lengua. Esa es la patria y no otra cosa». Ver prólogo de Javier Murillo a Fernando Vallejo, El río del tiempo, op. cit., p. 18.
20. Ver Porfirio Barba Jacob, Poesía completa, Bogotá, FCE, 2006, p. 39.
21. Tomás Carrasquilla, «Medellín», en Obras completas, tomo primero, Medellín, Bedout, 1958, p. 805.
22. «¡Santa Anita mía, islita de felicidad en la tierra!», dice el narrador en Los caminos a Roma. Ver Fernando Vallejo, El río del tiempo, op. cit., p. 349.
23. Fernando Vallejo, Los días azules, en ibid., p. 161.
24. Ver Eduardo Escobar, «Aclaración impertinente», en El Tiempo, Bogotá, 30 de octubre de 2006, p. 3.
25. Así se define el narrador en Años de indulgencia. Fernando Vallejo, El río del tiempo, op. cit., p. 476.
26. Ver Fernando Vallejo, Barba Jacob: el mensajero, Bogotá, Planeta, 1997, p. 118.
27. En El fuego secreto, el narrador dice: «Somos repetitivos, redundantes, periféricos: giramos y giramos dándole la vuelta del bobo a un huevo. No es el español un idioma riguroso», en Fernando Vallejo, El río del tiempo, op. cit., p. 220.
28. Ibid., p. 704.
29. Fernando Vallejo, El desbarrancadero, Bogotá, Biblioteca El Tiempo, 2003, p. 163.
30. A propósito de estos males y Colombia, y el modo en que los entiende el escritor antioqueño, ver Fernando Vallejo, «El monstruo bicéfalo», en revista Número, No. 20, Bogotá, 1998. Ver www.revistanumero.com/20bicefa.htm.
31. «Era la turbamulta invadiéndolo todo, destruyéndolo todo, empuercándolo todo con su miseria crapulosa. “¡A un lado, chusma puerca!” Íbamos mi niño y yo abriéndonos paso a empellones por entre esta gentuza agresiva, fea, abyecta, esa raza depravada y subhumana, la monstruoteca». Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, op. cit., p. 75.
32. El gramático dice: «Por razones genéticas el pobre no tiene derecho a reproducirse. ¡Ricos del mundo, uníos! O la avalancha de la pobrería os va a tapar», en Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, op. cit., p. 122.
33. Ver Entre fantasmas, en El río del tiempo, op. cit., p. 643.
34. Ibid., p. 672.
35. «Los liberales no creen en Dios, como yo. Pero yo soy conservador por tradición», ibid., p. 695.
36. Ver Juan Guillermo Gómez García, Colombia es una cosa impenetrable, raíces de la intolerancia y otros ensayos sobre historia política y vida intelectual, Bogotá, Diente de León, 2006, p. 68.
37. Álvaro Tirado Mejía, «El gobierno de Laureano Gómez, de la dictadura civil a la dictadura militar», en Nueva historia de Colombia, Bogotá, Planeta, pp. 81-104.ç
38. La expresión proviene de La virgen de los sicarios, op. cit., p. 75.
39. Citado por Pablo Montoya en «Introducción a Mea Culpa de L.F. Céline», en Revista Universidad de Antioquia, No. 272, Medellín, 2003, p. 25.
40. Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios, op. cit., p. 32.
41. Ver María Mercedes Jaramillo, «Fernando Vallejo, memorias insólitas», en revista Gaceta, No. 42-43, Bogotá, 1998, p. 18.
42. Ver Claudio Magris, Utopía y desencanto, Barcelona, Anagrama, 2001, p. 8.
*Pablo Montoya (Barrancabermeja, 1963). Ha publicado los libros de cuentos Cuentos de Niquía (París, Vericuetos, 1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (Medellín, El Propio Bolsillo, 1997), Habitantes (París, Índigo, 1999) y Razia (Medellín, Eafit, 2001); el libro de prosa poética Viajeros (Medellín, Universidad de Antioquia, 1999); el libro de ensayos Música de pájaros (Medellín, Universidad de Antioquia, 2005), la novela La sed del ojo (Medellín, Eafit, 2004), y los libros de prosas poéticas Cuaderno de París (Medellín, Eafit, 2006) y Trazos (Medellín, Universidad de Antioquia, 2007). Es premio del Concurso Nacional de Cuento Germán Vargas (1993). Sus cuentos, sus traducciones de escritores franceses y africanos, así como sus artículos, han aparecido en diferentes revistas y periódicos de América Latina y Europa. Actualmente coordina el doctorado en literatura de la Universidad de Antioquia.
Número 54, septiembre-octubre-noviembre de 2007
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