Provocador exaltado, Vallejo propone un ámbito ficcional de disgragación y odio que abruma.... detesta a Dios y lo niega con frecuencia, pero le reza con ridícula misericordia a las vírgenes de Medellín... abomina de los pobres pero el gramático Fernando ama entañablemente a dos jovencitos sicarios, vomitados del puro centro de la pobrecía antioqueña... El (fascismo) de Vallejo es defensor del más asfixiante individualismo y enemigo total de cualquier forma de organización social.... es verdad que la obra de Vallejo integra esa cadena de célebres diatribas literarias donde bien podrían situarse las enarboladas por León Bloy y Céline.... Vallejo es un iconoclasta que odia toda noción de humanismo y es ajeno a cualquier ideal liberador para los hombres de Colombia y América Latina.... El tono de su diatriba no proviene de él. Está enraizado, más bien, en la literatura antioqueña. Esa literatura llamada despectivamente regional por los cosmopolitas críticos de Bogotá.... En el caso de Vallejo hay un claro anarquismo de derecha, sesgado por el racismo, que abomina de todos los procesos de transformación social dados en Colombia y América Latina... Su frase "Dios no existe y si existe es la gran gonorrea" que brilla con venéreo ateísmo en La virgen de los sicarios, pudo haberla pronunciado uno de esos nadaístas incapaces de superar los resabios rebeldes de los años sesenta.... Denunciador inolvidable del mal, maldito de la especie del Marqués de Sade y Céline, Vallejo termina cayendo en la fascinación del mal. Por ello hay algo en su obra que la torma peligrosa para toda destrucción ética y cívica... La obra de Vallejo debe enmarcarse, más que en la tradición de la diatriba francesa, en la tradición antioqueña. Una tradición satírica nacida de una región retrógrada al modo de la España más cerril..... La obra de Vallejo está permeada por un furor racista que lo sitúa como el último escritor fascista de Colombia, país ineludiblemente vallejiano por la gran cantidad de reaccionarios que ha producido.... El individualismo de Vallejo, proyección de una sensibilidad egoísta y narcisa hasta lo irrisorio, surge de los conquistas del liberalismo francés del siglo XVIII... Al lado de una nazista sensiblero cuyo reino es la muerte, como Vallejo, y también pintoresco a su modo, está el Mutis monarquista cuyo reino es Bizancio y el García Márquez comunista cuyo reino es La Habana... Vallejo, entonces, no representa a nadie. El sólo habla por sí mismo. Es un individuo resentido, el último narciso energúmeno de una elite colombiana en desbandada.... a Dios le endilga los peores insultos, su existencia sólo refleja el mal que pulula en el seno de la podrida humanidad, pero en el fondo Vallejo es un mariano inocuo.... Odia a la mujer preñada, porque no hay ser más deplorable en el mundo, pero ama a su abuela, que fue tran prolífica como lo son esa "putas perras paridoras" que pululan en la actual Medellín con sus impúdicas barrigas crecidas... El Medellín que parece añorar ese yo desquiciado que recuerda es un pedazo de Colombia reacio a los proyectos liberales y a toda reforma agraria, ya que ésta no es más que una ley infame por la cual se les quita la tierra a sus verdaderos dueños para dársela a campesinos marrulleros, criminales y perezosos... Vallejo andubo con ellos (con los nadaístas) y de no haberse ido de Medellín, a recorrer los caminos de Bogotá; Roma, Nueva York y México, habría terminado acaso enredado en filiciaciones de un movimiento que pocas cosas interesantes dejó par la literatura colombiana y ninguna para la latinoamericana.... Pasado el tiempo de los viajes y los oficios varios (Vallejo fue feliz viajero, cineasta desafortunado, desdichado plomero, aprendiz de médico, físico errático, biólogo son diploma), "el hombre camino a la derrota", "el viejo lejos de la Antioquia amada", "el navegante sin aguja de marear", se pone a escribir sus andanadas autobiográficas... Vallejo aniquila todas las conciencias, pues es un yo que en tanto que edifica un mundo pasado lo niega a partir de sus continuos derrumbamientos verbales. Un yo que, incluso, en la medida en que va trazando su autobiografía, desbarata las fronteras de los géneros literarios. Porque la obra de Vallejo no es ni novela, ni historia, ni poesía, no biografía. Sólo un deseo logrado de oponer a la devastadora muerte la efimera existencia de la palabra... Los escritores reaccionarios, tiznados de una cierta aureola de malditismo, son en el fondo iracundos resentidos e irreverentes frustrados. Enemigos del progreso y despotricadores del pasado, están suspendidos en una suerte de cotidiana amargura biliar. Reacios a casi todos los sistemas sociales y sus logros, ajenos a cualquier relación armónica con los dioses y los hombres, estos escritores se encaminan a una sola misión: desbaratar certezas políticas y religiosas, dinamitar los cimientos filantrópicos de la cultura. Esta forma de ataque recurre a la diatriba. Y la diatriba, en literatura, es la extrema expresión de la burla. Es esa burla que se torna escandalosa para que todos la escuchen, pero que con frecuencia corre el riesgo de terminar arrojada al triste rincón de las opiniones difíciles de tomar en serio. En el caso de Vallejo, la diatriba es una forma elaborada literariamente de lo que en Antioquia se llama cantaleta. Y la cantaleta no es más que un canto. De ahí viene su etimología, entre otras cosas, que de tanto repetirse y acudir a la invectiva atragantada se convierte en una verbosidad agresiva que hace reír e incomoda las buenas conciencias, pero que también se torna fatigante monotonía. La diatriba acude, por lo demás, a las formas tradicionales de la ironía. A la repetición delirante, a la hipérbole sin límites, al símil arrasador, a al continua contradicción. al devaneo incoherente, a la injuria sagaz y al insulto de baja estofa. La de Vallejo se apoya en todos estos recursos.

Pablo Montoya, en Fernando Vallejo: demoliciones de un reaccionario. Bogotá. Número. 54. Noviembre. 2007. Páginas. 18-27).

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