En esta entrevista, precedida por una oda a la Nobleza del autor de El hombre que rezó a Baudelaire, podemos encontrar apartes que podrían ser concebidos como reminiscencias de mi trabajo monográfico sobre el campo literario colombiano actual visto a la luz de la teoría de Pierre Bourdieu. Ricardo Cano Gaviria, al igual que ciertos bloggers, considera que la profesora necesita con urgencia ponerse en manos de un especialista en psiconális:

Claro que una vez también dormí en un prostíbulo en Manizales y otra en uno de Bogotá, y tampoco fue por deporte ni para averiguar qué se sentía. Yo no he tenido oportunidad de experimentar esa necesidad burguesa de saber cómo es la miseria, yo la he vivido, aunque haya por ahí una tal profesora que anda escribiendo en Internet que soy un escritor burgués y elitista, que se cree muy distinguido, ¿sabes?, la categoría esa de Pierre Bourdieu.

P: Qué horror…

R: No, el horror no es Pierre Bourdieu, un sociólogo que aborda equivocadamente a mi modo de ver la literatura desde la sociología, sino lo que puede ocurrir cuando sus ideas caen en manos de alguien resentido o con mala fe, de alguien a quien le iría bien un psicoanálisis. Ya se ha dicho que a Bourdieu mismo le hacía falta ese nivel de autocrítica o de autoconocimiento, pero imagine lo que puede ocurrir cuando alguien encuentra una justificación a sus odios de clase en sus ideas.

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ENTREVISTA SOBRE EL HOMBRE QUE REZÓ A BAUDELAIRE

Ricardo Cano Gaviria reside en Montblanc, un pueblo medieval situado en la provincia de Tarragona, a casi dos horas en tren de Barcelona y a una de la ciudad de Tarragona. Allí junto a su mujer, la poeta Rosa Lentini, lleva una vida de retiro, pero con horarios muy agitados, pues reparte su tiempo entre Ediciones Igitur -que fundó y dirige con Rosa-, su trabajo como escritor y su preocupación por el medio ambiente y por el entorno histórico de Montblanc, patrimonio histórico nacional desde 1941. Forma parte de una sociedad local, “Per Montblanc y la Conca”, que vigila las actuaciones descontroladas de los alcaldes y promotores urbanos. Sus intereses son pues fáciles de adivinar; ama los animales (sus dos gatos: Gorbi y Juno), es lo que se dice políticamente correcto y hace dos años hizo la guerra contra la guerra de Irak él solo, con su ordenador portátil, a través de una publicación periódica titulada “La guerra infame- El boletín de John Jarvi” (todavía se lo puede encontrar colgado por otros en la red -ver enlace arriba). Permite que divulguemos esto, que sólo conocían algunos amigos, porque últimamente alguien ha estado difamándolo en su país (de donde es precisamente John Jarvi, uno de los niños que tiene apadrinados con su mujer). A pesar de todo lo anterior, dice que cuando se habla de literatura hay que hablar de algo muy concreto… Cita el ejemplo de Saramago, que es tan políticamente correcto que nunca habla de lo que es propiamente la literatura. En ese sentido piensa que tiene dos compromisos, como escritor con lo que escribe, y como ciudadano con lo que piensa y lo que hace, y sostiene que hasta ahora ha podido ser fiel a ambos. Dice de forma algo brutal que mezclar las dos cosas es hacer trampa. En El hombre que rezó a Baudelaire, un volumen de relatos que es el primer libro que publica después de diez años, y que salió al mismo tiempo en Colombia (Villegas Editores) y en España (Ediciones Igitur), se percibe una cierta toma de postura en este sentido...
P: A usted le parece que la narrativa debe ser poética…

E: Sin duda es una de mis obsesiones, pero depende de cómo se plantee el asunto. Pues no se trata de escribir la narrativa en una prosa poética, adornada, no, nada de eso. Se trata más bien, diría yo, de que debe haber una visión, una toma de partido “poética” en lo que subyace al relato. En una novela como Bajo el volcán, esa toma de partido se da ya en el personaje: ese hombre entregado al alcohol en medio de sus fantasmas, y en ese infierno que es México, es lo más poético que se me ocurre como ejemplo. Hay una visión metafórica detrás; la tierra como infierno.

P: Hablando del alcohol, ¿el protagonista del primer relato de su libro es un santo bebedor?

R: Si, no eres el primero en hacer esa asociación. Y en ese sentido recuerdo que, cuando trabajaba en una de las últimas versiones del relato, de pronto pensé en la novela de Roth y me dije que sería estupendo si, al leer mi historia, alguien pudiera pensar en la de Roth, al que admiro mucho. Pero fíjate que en mi relato sólo se consume una botella. Y que la botella es casi el objeto mágico que le sirve al protagonista para pasar de un nivel a otro, de una existencia a otra. Eso más bien está en sintonía con los escritos de Baudelaire sobre el vino, como las imágenes que subyacen al relato son dos poemas de Baudelaire, “A una Madona” y “La Giganta.

P: Pero, perdóneme que insista, yo creo que el protagonista del relato tiene una identidad propia.

R: Sí, hay dos o tres detalles que trazan una especie de retrato robot, destinado a disolverse luego cuando, al final, sale dispuesto a vivir su segunda oportunidad en la vida como clochard. Y es que a mí me ocurre una cosa extraña; siempre que estoy en París y veo un clochard, lo miro con simpatía y me pregunto hasta qué punto yo pude convertirme en uno de ellos…

P: ¿Cómo es eso? A ver, cuente…

R: Hay momentos en la vida en que uno se sintió en un cruce de caminos, y a lo mejor pudo convertirse en otra cosa diferente de lo que es. En mi vida uno de esos momentos se dio en París, cuando estuve durmiendo varios días en la calle, no por que lo quisiera, sino porque carecía de recursos. Claro que una vez también dormí en un prostíbulo en Manizales y otra en uno de Bogotá, y tampoco fue por deporte ni para averiguar qué se sentía. Yo no he tenido oportunidad de experimentar esa necesidad burguesa de saber cómo es la miseria, yo la he vivido, aunque haya por ahí una tal profesora que anda escribiendo en Internet que soy un escritor burgués y elitista, que se cree muy distinguido, ¿sabes?, la categoría esa de Pierre Bourdieu.

P: Qué horror…

R: No, el horror no es Pierre Bourdieu, un sociólogo que aborda equivocadamente a mi modo de ver la literatura desde la sociología, sino lo que puede ocurrir cuando sus ideas caen en manos de alguien resentido o con mala fe, de alguien a quien le iría bien un psicoanálisis. Ya se ha dicho que a Bourdieu mismo le hacía falta ese nivel de autocrítica o de autoconocimiento, pero imagine lo que puede ocurrir cuando alguien encuentra una justificación a sus odios de clase en sus ideas.

P.¿Por qué su hombre reza a Baudelaire?

R: En primer lugar, porque no ha leído a Pierre Bourdieu y aún puede buscar otro camino, diría yo. Pues respecto de Baudelaire uno puede hacer dos cosas: clasificarlo como un bicho raro, ¿quién si no quiso distinguirse más que Baudelaire?, o rezarle. El que hace lo primero, llevado por la mala fe o la impotencia, se pierde el viaje interior que puede realizar intentando entender al poeta. El que hace lo segundo, es porque tiene una afinidad electiva con él. Yo sentí que tenía esta afinidad el día en que leí en una antología el poema “A una madonna”. Desde entonces supe que era una de los suyos, entre los cuales está por supuesto Benjamín, de quien también hay algún rastro en el relato. Luego, a lo largo de la vida he ido descubriendo que había muchos motivos para rezarle. Pero, yendo al relato, el Baudelaire que allí palpita es el patrón de los vagabundos, de los clochards, de los desarraigados, de las criaturas dejadas de lado, de los perros callejeros, en una palabra, el de la vida urbana en la gran ciudad… el de la hormigueante ciudad llena de sueños…

P. -Y ahí estaba a punto de citar a Benjamin…

R: Salta a la vista que al hablar estaba pensando en él, que por cierto es un autor fundamentalmente metaliterario. Sin embargo, hay un momento en que este término, que sólo es descriptivo, puede llegar a no querer decir nada, en la medida en que toda la literatura es en el fondo metaliteraria. Dante, cuando se sirve de Virgilio, es metaliterario, porque se sirve de alguien que ya fue un escritor… Y Hermann Broch cuando escribe La muerte de Virgilio también. Son casos evidentes, pero hay otros que no lo son tanto, y es ahí donde la gente se pierde…

P: Pero volvamos a sus relatos. Por cierto, yo creo que son más relatos que cuentos.

R: Si, tal vez… El cuento es más breve, y tiene otra estrategia. En el relato, como ofrece más libertad, incluso se puede ser autobiográfico. Es el caso del segundo relato, por ejemplo, en el que hay mucho material autobiográfico. Lo bauticé “Naturaleza muerta…” porque no hay en él una trama y un desenlace como en “La mosca”. Es un cuadro compuesto con colores biográficos de varias tonalidades, y la historia que se cuenta sirve por cierto de escenario a una polémica entre dos modos de entender la literatura…

P: Si, Proust y Zolá. En ese sentido, se tiene la impresión de que el autor está intentando decir algo.

R: Hay una defensa soterrada de Proust, mejor aún: de la dimensión política de Proust, por donde volvemos a lo de antes. ¿Podría atreverse algún discípulo de Bourdieu a negar esa dimensión antes de buscarla? Porque lo que pasa con ese tipo de cuadraturas del círculo es que para condenar a un escritor primero hay que clasificarlo como “decadente”, “distinguido” o ahora, con una intención tan malinga como estúpida, “metaliterario”… Así han procedido todos los comisarios políticos; la clasificación les ha ahorrado el esfuerzo de entender. Por eso no hay que clasificar tanto; primero hay que entender y luego clasificar, clasificar sin entender es un oficio de tinieblas.

P: En ese relato, que por cierto es un relato sobre mayo del 68, sale victorioso Proust, No hagamos la guerra, hagamos catleya, grafito que supongo es invención suya…

R: Por supuesto. Ahora bien, aclaro que la victoria de Proust no significa la derrota o la invalidación de Zola, aunque hay por ahí gente que quiere un mundo unidimensional. Que todos los escritores sean como Proust o como Zola. Aunque ese dogmatismo no es bidireccional: a los que les gusta Proust les es fácil aceptar a Zola, cuyas primeras novelas fueron admiradas por el propio Flaubert, el maestro de todos. Son los que hacen de Zola un catecismo (y el propio Zola se catequizó a sí mismo) los que terminan convirtiéndose en comisarios y decidiendo la abolición de Proust, por decadente. Hoy a lo mejor dirían, parodiando la profesora de marras, que es metaliterario…

P: En general, me parece que en los cinco relatos hay una trastienda, algo que ha intentado comunicar el autor, por encima de la historia que se cuenta, o incluso dentro de ella, lo que hace posible dos lecturas…

R: Gracias por decirlo, y por reparar en ello. El último relato en ese sentido es absolutamente “filosófico”. Pero, claro, puede leerse linealmente, como la historia de un amor y de la relación con un escritor que es un maestro. Desafortunadamente, hay gente que lee los relatos y los cuentos como un género menor, ciegos y sordos a los detalles, a las tramas del tejido que sólo se detectan mirando el otro lado de la alfombra. Así, si se mira el revés del relato se verá que tiene la forma de una pescadilla que se muerde la cola… Un relato leído y ya escrito se convierte en el destino de una vida. El tema del déjà vu, o aquí de lo ya escrito, remite a Platón pero no sólo eso: en todo el relato el protagonista tiene un nombre, mientras que la muchacha sólo lo tiene al final. ¿Por qué, se habrán preguntado muchos, ese diálogo final, cuando Rovira le pregunta a la muchacha que cómo se llama?

P: Es la teoría cratiliana de los nombres, por cierto muy proustiana…

R: En efecto, el nombre determina la esencia, el modo de ser de la protagonista, que en cierta forma repite con variaciones un modelo anterior. Por eso tenemos también el tema de la diferencia y la repetición… ¿Ve cómo si se quiere y hay buena voluntad se pueden encontrar cosas?

P: No hay que ser lo que Cortázar llamó alguna vez un lector hembra…

R: Efectivamente. Sólo que no encuentro muy feliz bautizarlo así. Las mujeres también pueden ser muy penetrantes como lectoras, si de penetración se trata, e incluso pueden ser más empáticas…

P: Para acabar, ¿hay más trastiendas en su libro? Tengo miedo ya de olvidarme de alguna…

R: Pero no se culpe demasiado… Vivimos una mala época para las trastiendas. Los reseñistas por lo general no quieren que les compliquen la vida, y si tienes la mala suerte de caer en manos de un crítico sin bagaje estás perdido. Si no ve, escribirá una reseña para que otros vean lo mismo que él. Pero sigamos… En el tercer relato, “Esterlina de Varesse”, la trastienda está muy a la vista, casi ni merece llamarse así. Sólo esa voluntad de hacer un relato inspirado en un cuadro, la mujer del perrito, un relato sobre el incesto, con reminiscencias de Silva, y cuyo protagonista es un mal discípulo de Freud, todo eso ambientado en una Colombia que parece fuera de la historia, por anacrónica, y justamente antes de la segunda guerra mundial y el Bogotazo. Finalmente, en las últimas frases de “La mosca”, que es un relato con héroes y cobardes a la manera de Hemingway, hay, si se las lee con atención, una puesta en espejo en la que se ve al narrador. Tenía muy presente en ese relato que no basta narrar con eficacia, también hay que hacerlo, diría yo, con contemporaneidad: puede ser que en determinados momentos unos narre como un costumbrista o un realista decimonónico, pero en algún momento, en el algún detalle, tenemos que ser contemporáneos de nuestra época por la manera de contar. En ese sentido, aspiro a estar a la altura de un poema de Eduardo Milán que empieza:

ESCRIBIR de un modo más contemporáneo,

a como viene el tiempo.

A como la vida pasa,

no entera, por fragmentos…

(Entrevista realizada en Barcelona por Juan Carlos Marín)

http://edicionesigitur.com/ricardocanogaviria/Miscelánea.html

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