La grandeza del alma no se ve tanto en elevarse como en saber ordenarse y circunscribirse.
Grande es todo lo que es suficiente, y más elevación hay en amar las cosas medias que las eminentes.
La más fiera de nuestras enfermedades es despreciar nuestro ser.
No existe nada tan lícito y hermoso como cumplir bien y debidamente la misión del hombre, ni ciencia tan ardua como saber vivir bien y naturalmente esta existencia.
La intemperancia es la peste de la voluptuosidad y la templanza no es azote, sino su adobo.
El dolor ha de tomarse como medicina y necesidad, y escasamente; la voluptuosidad se ha de tomar para apagar la sed, pero no hasta la embriaguez.
Montaigne, en Sobre la felicidad
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