Para saber lo que uno quiere hacer
lo mejor es fijarse en qué se van los ratos de ocio

Monserrat Ordoñez

¿Qué se puede hacer en ochenta años?
Probablemente, empezar a darse cuenta de cómo había que vivir
y cuáles son las tres o cuatro cosas que valen la pena.

Ernesto Sábato

Las seis cosas por las que vale la pena vivir: amar, comer, hablar, reír, ver películas y leer. Cada uno de estos placeres tiene sus propias ramificaciones, no se puede comparar el amor a las personas con el amor al arte, el amor a los seres vivos es intenso y se alimenta del recuerdo, el amor al arte se hace más intenso en la repetición y en el goce de fragmentos; si se trata de libros hay que encontrar los pasajes indicados y leerlos muy despacio, después prepararse un café y beberlo muy despacio para saborear mejor el pasaje del libro; la relectura de algunos pasajes de los libros preferidos se parece un poco al amor apasionado por un hombre del sexo masculino. Comer y reír son placeres no precisamente complementarios. Amarse a sí mismo por encima de todas las cosas, después a los padres, hermanos, sobrinos, hombres del sexo masculino, estudiantes, animales y paisajes. Comer alimentos sencillos calientes o fríos despacio o rápido de acuerdo con las cualidades de lo que se come, si se come solo o acompañado, si hay tiempo o no, si es placentero comer despacio o rápido, comer mucho o poco, quedar antojado o saciarse, disfrutar de lo que se come recordando un momento o disfrutar el simple hecho de comer algo delicioso porque es un alimento cotidiano o por el placer de la novedad recién descubierta. Un placer duradero consiste en cocinar el propio alimento, un alimento sencillo, servirlo y sentarse a comer solo. Un placer sublime consiste en detener la lectura de una carta amorosa de Flaubert a Louise Colet para prepararse un café y saborearlo muy despacio, no tiene que ser capuchino ni expreso, un simple café con leche instantáneo preparado en la estufa con agua común. Hablar, reír, ver películas y leer son cuatro acciones que se complementan, no tiene sentido leer o ir a cine si no es para compartir luego con alguien las apreciaciones sobre la experiencia y hablar sin reír es tan aburrido como leer sin tener con quien hablar sobre lo leído.

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