En la misa de los nueve días el sacerdote dijo: "Las flores se marchitan, las misas son más efectivas, llegan directamente a los oídos del Señor". El florista vende flores, el sacerdote vende misas y yo regalo palabras, preferiblemente por escrito, más si se trata de temas trascendentales, del amor, la vida y la muerte, los temas que más nos deberían interesar porque estamos irremediablemente ligados a ellos. Somos lo que pensamos del amor, de la vida y de la muerte, estamos condenado a amar, a vivir y a morir o tratamos de buscarle un sentido digno de la condición humana a estas experiencias. Condena o búsqueda de sentido, de la perspectiva depende la alegría o la miseria de la vida. Es preferible la búsqueda de sentido, sospecho lo tortuosa que puede llegar a ser una vida en la que se desea la muerte porque se teme a la vida, en la que se teme la muerte de los seres más queridos por miedo al dolor, la soledad y el desconsuelo y en la que el amor ausente conlleva el desprecio de la vida y el deseo de morir.
No envidio a la mujer que escribe:
"¿Por qué es tan trágica la vida? Una acera estrecha sobre un abismo. Miro abajo. Siento vértigo. Me pregunto si conseguiré alguna vez caminar hasta el final.
Cómo sufro. Y nadie sabe lo que sufro, caminando por esta calle, a la greña de mi angustia después de que mi hermano Thoby ha muerto. Sola. Y luchando sola contra algo. Entonces, cuando menos tenía un demonio que combatir, pero ahora no tengo nada.
Dios mío, cómo sufro. Qué terrible capacidad poseo para experimentarlo todo con intensidad... ¿Cómo preservar un año más? Pero la gente vive. No cabe imaginar lo que está sucediendo detrás de un rostro. Todo es una dura superficie. Yo no soy más que un órgano que recibe golpes; uno detrás de otro. Y me duelen los ojos. Y me tiemblan las manos".
A mí no me tiembla la mano para escribir Javier Alonso Rosas Crespo. Octubre 9 de 1971 - Diciembre 4 de 2006 y no me arrepiento de no haber pagado misas ni de haber llevado flores cada mes durante el tiempo suficiente. Regalar flores es un acto de amor, digno de un ser querido, la timidez y el miedo al ridículo me permiten estas manifestaciones de afecto sólo con un muerto, nunca me tembló la voz para comprar las flores y me sentía orgullosa con el regalo camino a la tumba, era tan agradable el encuentro que estuve tentada a llevarle flores a alguna persona viva, a comprar un jarrón, pero no, prefiero comprar libros o películas para compartirlos con los vivos, las flores exigen una actitud y palabras más emotivas, son tan solemnes como las misas, abundan en los matrimonios, me imagino ofreciendo flores, palabras y miradas ante las palabras y las miradas de la persona halagada, es más emocionante si las flores se reciben en silencio y no hay miradas de por medio, sólo la sensación de que el tiempo y las flores tienen sentido y que aunque el muerto ya no tiene ojos para ver ni labios para agradecer el gesto, las flores siguen siendo flores y el placer de darlas puede llegar a tener más sentido, precisamente porque no hay alguien que diga: gracias, las flores son hermosas, no debo olvidar cambiarles el agua.
Esta nota es la más premeditada de las publicadas en Facebook, no son dos cuartillas, no es la materialización de un idea que surge mientras lavo la ropa, no parte de una experiencia personal, una clase, una película o un libro, es un homenaje a Javier, mi hermano, un nombre que se recordará mientras alguien lo mencione, una persona que va cambiando al ritmo en que van cambiando los recuerdos vividos alrededor de él y sin ninguna opción de contradecir a quienes hablan de su carácter, su inteligencia, sus virtudes y sus debilidades. Perdió la posibilidad de expresarse y esa es una gran pérdida, sabe lo que significa morirse, si es que uno sabe que efectivamente se está muriendo, tiene respuestas y certezas, si es cierto que somos seres trascendentales -mucho más que una máquina viviente que funciona gracias a los milagros de la química y la física-, salió de este dimensión y no sufre las pérdidas y pesares cotidianos, condenados como estamos a vivir al son de dos referencias: tiempo y espacio. Sería una desdicha que él valorara los dos años de su muerte y pudiera ser consciente de su tumba -menos florida a medida que pasa el tiempo- y su cuerpo que se asimila día tras día a ese nuevo espacio. No sería justo, no tendría sentido.
En el Infierno no está, mi idea de Dios es tan generosa que no admite la posibilidad de espacios sino de sensaciones y las sensaciones sólo pueden ser de gozo. Dios no es ni bueno ni malo, le brinda al ser humano la posibilidad de soñar con ser ángel o bestia y se divierte viendo sufrir y luchar al ángel y a la bestia condenada siempre a sentir culpa y miedo a pesar de lo bueno o lo malo que puede llegar a ser; sabe que las pruebas y las experiencias se van con la vida y le brinda a los seres humanos la posibilidad de ser espirituales para que vivan con mayor intensidad los momentos de plenitud y con mayor calma y sensatez los momentos de dolor, vivir con la muerte y sin Dios no es una elección práctica. Dios existe, Dios no existe, es una ilusión, yo prefiero soñar con la ilusión y cuando pienso en la muerte pienso en Dios.
Al cementerio no volví, me convencí de que "allá no hay nada, hay tierra, se va al cementerio por uno mismo, como aliciente", eso dice mi mamá muy convencida y yo le creo; al cementerio iba a hacer trabajo de campo y cuando llegaba a la tumba siempre le llevé flores y hablaba con él un rato, con la misma familiaridad y sinceridad con la que puede hablar con Dios y con los gatos. Durante un año y medio, cada noche, antes de dormirme, traté de imaginarme que se podía hablar con los muertos y hablaba con Javier de la misma forma en que creo que se puede hablar con Dios o con un ser querido desde la distancia, a través del pensamiento, en segunda persona y con la sensación de que sigue siendo un niño sonriente y hermoso como cuando tenía nueve años. Durante un año y medio soñé con él toda variedad de sueños, los soñé vivo, muerto, entre la vida y la muerte, feliz, triste, llorando, sonriendo, en carros de diferentes tipos, con ropa de diferentes colores, hablando y en silencio. Hace más de dos meses no sueño con él y estoy por convencerme de que los sueños con los muertos no nos hablan de ellos ni de su estado actual sino de nosotros, los que soñamos, los que recordamos y nos consolamos con su imagen que a veces parece más real que la realidad.
ValentinUtrera
Pro
"Touché" tu texto me ha llegado más allá de ojos y oidos.
Tardé 30 años en enterrar a mi hermano, después cuando aprendí a elaborara aquel luto, me fue más facil con otros posteriores lutos.
No visito sus tumbas, pertenezco a la cutura de NO visitar cementerios, allí no queda nada de ellos.
Ellos están en mi recuerdo sobre todo en los momentos difíciles, más vivos que en el campo del silencio y flores marchitas donde hay un espacio esperando nuestro momento.