Cuando releo mis viejos artículos del "Common Reader" también lo detecto y doy la culpa de su suavidad, de su urbanidad, de su forma sesgada de ver las cosas a las enseñanzas que recibí en relación con el servicio del té.
Virginia Woolf
Bogotá no es Londrés ni París y cada día está más lejos de serlo, sin embargo, en algunos hogares intelectuales se celebran rituales de té y vino dignos de finales del siglo XIX y comienzos del XX (como en De Sobremesa de José Asunción Silva, la novela más snob de la literatura colombiana, tomada como modelo por más de diez profesores de literatura en Bogotá modelo 2009 que sueñan con seguir los pasos del bardo). En muchas ocasiones se habla de literatura en los cafés (en Oma, Juan Valdés o Leyenda) al calor de un americano y se ríe todo el tiempo porque en las conversaciones sobre temas cultos siempre es bienvenida la risa y el buen humor. Lo gracioso es que estos mismos intelectuales tan reputados pasan su vida cotidiana al calor de los tamales, el almuerzo corriente y el jugo de maracuyá no precisamente porque disfruten hasta el éxtasis de la estética de estos platos sino porque es imposible almorzar todos los días a la carta.
Virginia Woolf no soporta comer en restaurante: la comida es cara y mala, es preferible comer en casa, ella no necesita que la vean saliendo de un restaurante caro porque está segura de su distinción y hasta llega a molestarle, tanto como le puede molestar a un bogotano el sabor de los tamales, aunque sea incapaz de alejarlos de su vida para siempre: "Fue un éxito frígido. La pobre mujer tenía una erupción a la que trataba de dar un aire teatral aplicando tiritas negras, pero supuraban por los bordes. Ahora cuesta un esfuerzo terrible hacerla participar en la vida. Tiene una que hacerle reverencias y todo tipo de payasadas... Cuando me dijo que me vestía tan bien que la hacía sentirse más vieja y fea que nunca, le contesté: "Mi querida Ottoline, como al álamo lombardo, te basta con erguirte desnuda para dejarnos a todos en ridículo". Le gustó el comentario. (Citado por Nicolson. 2000: 82).
El candidato a persona dstinguida en Bogotá va a Carrefour o al Exito, con desesperación mira los sellos de las botellas de vino y los precios, se pregunta: "carajo, qué es un buen vino", se deja guiar por la intuición, el precio y el sello, una botella de cinco mil pesos no, esas bebidas son las de los estudiantes universitarios y los indigentes, compra una de más de veinte mil y ya me lo imagino compartiendo los oh, ah en la tertulia.
No son Virginia Woolf ni Marcel Proust los mejores modelos culturales dignos de ser tomados por los dandys modernos de Bogotá, es más auténtico servirse de las experiencias de Marguerite Duras: "A veces cuando eran muy pequeños, la madre los llevaba a ver la noche de la estación seca. Les decía que miraran bien ese cielo, azul como en pleno día, ese alumbramiento de la tierra hasta donde alcanzaba la vista. Que también escucharan bien esos ruidos de la noche, las llamadas de la gente, sus risas, sus cantos, también el lamento de los perros, atormentados por la muerte, todas esas llamadas que hablaban a la vez del infierno, de la soledad y de la belleza de los cantos que hablaban de esa soledad, había que escucharla también. (Duras. 1992. 26).
Duras, Marguerite. El amante de la china del norte. Barcelona: RBA. 1992).
Nicolson, Nigel. Virginia Woolf. Barcelona: Mondadori. 2000.
Que grandioso blog....
Te felicito