Nunca conozcas a un escritor si te gustó el libro.

No me hablen de novelas policiacas honestas. No existen.

Debe haber idealismo, pero también debe haber desprecio.

Es el ritmo lo que cuenta, no la lógica o la dignidad del estilo.

Todo lo que pido es un lugar tranquilo y vecinos sordos y mudos.

"Simplemente malo" es la temperatura normal de la novela policial.

La única clase de autores a los que se puede dirigir son los que no valen nada.

Ajedrez: El más grande desperdicio de la inteligencia humana después de la publicidad.

El credo realista que domina nuestra literatura no se debe tanto a las malas teorías como al mal arte.

En el momento en que uno empieza a hablar de técnica está dando pruebas de que se está quedando sin ideas.

A partir de ahora, si cometo errores, como lo haré sin duda, no los cometeré en un inútil intento de no cometer errores.

No me gusta ningún escritor para quien un rasgo de ingenio laborioso y retorcido sea mejor que una simple verdad.

P. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañan y tienen dinero; los despreciamos porque son farsantes.

Soy en extremo alérgico a los personajes importantes de todo tipo, y no pierdo oportunidad de insultarlos si es que puedo hacerlo.

Supongo que su epitafio, si tuviera que elegirlo sería: Aquí llace un hombre que fue bueno en la cama. Lástima que estuvo solo en ella.

¡Hay gente que piensa que yo me complazco en el lado feo de la vida. ¡Que Dios los ayude! ¡Si supieran qué poco les he hablado de eso!

Realmente en esta civilización que se desintegra qué puede tener uno que decir salvo que todo es un tedio infernal y eso ya todos lo saben.

Suelo envidiar a esos tipos cuyas mentes están sintonizadas con la clase de historias que quieren las revistas lustrosas, y creen que realmente es bueno.

No me importa nada el dinero, sólo me gusta pelear. Soy un viejo cansado, pero se necesitaría algo más que un estudio cinematográfico para abusar de mí.

No me gusta la gente que no puede estar sentada media hora sin un vaso en la mano, aunque por otro lado pienso que preferiría a un borracho simpático a Henry Ford.

El hecho de que un crítico que confiese no amar las novelas policiacas y las considera basura se tome en serio este libro como un especimen literario significa muchísimo para mí.

No escribo para usted por dinero o por prestigio, sino por cariño, por el extraño amor remanente a un mundo donde se puede pensar en sutilezas y hablar en la lengua de culturas casi olvidadas. Me gusta este mundo.

Después de una muy larga espera se abrió una puerta y apareció el gran hombre, envuelto en una costosa bata (seguramente con sus iniciales en el bolsillo) y una bufanda dándoles artísticas vueltas al cuello.

Su eterna preocupación con lo que pasa en las sábanas termina volviéndose nauseabundo. Llega un momento en la vida en que las rimas escritas en las paredes de los baños de las estaciones ya nos obscenas, sino horriblemente aburridas.

Esta gente es la hez de la literatura, no porque escriban sobre cosas sucias, sino porque lo hacen de un modo sucio. Nada duro y limpio y frío y ventilado. Un burdel con olor de perfume barato en la sala y un balde con agua jabonosa en la puerta trasera.

En la medida en que sea capaz, querría desarrollar (lentamente) un método objetivo que me permita llevar al lector a través de una novela auténticamente dramática, incluso melodramática, escrita en un estilo muy vívido y mordiente, pero no abiertamente dialectal.

Desde el comienzo, desde el primer cuento de revista barata, para mí se trató (antes por supuesto de cómo construir una historia) de poner en lo que hacía algo de lo que no me avergonzara, quizá ni siquiera como una idea consciente, pero que se destilara por la mente y dejara una huella.

Hay un autor de cuentos que escribe bajo el nombre Dale o algo así. Creo que podría averiguarlo. Quizá es Dale Carnegie. Tiene los hombros de un levantador de pesas y es muy temperamental, arroja la raqueta y le hace gestos trágicos al cielo, con los dos brazos extendidos y cara de agonizante.

Recibí carta de una señora de Caracas, Venezuela, preguntándome si quería ser su amigo si ella venía a Nueva York. Me trajo el recuerdo de otra carta que recibí una vez de una chica de Seattle que me decía que estaba interesa en música y sexo, y me dio la impresión de que, si yo no hubiera tenido prisa, no debía molestarme siquiera en llevar el pijama.

Es un buen trabajo de escritura, que le da todo lo que necesita a cada personaje, a cada escena, y nunca, como muchos de nuestros sobrevalorados novelistas, se limita a hacer un esbozo y asustarse y salir corriendo. Yo admiro mucho esta clase de escritura. No he visto publicidad del libro en ninguna parte, y las reseñas que he leído de él muestran una absoluta ceguera a sus méritos técnicos. Así que, qué importa.

Estoy empezando a preguntarme seriamente si alguien sabe todavía qué es escribir, si no habrán mezclado completamente todo el maldito asunto con el tema y la significancia social, y con quién ganará la paz y cuánto le dieron por los derechos de adaptación, y si uno no es un físico nuclear es un analfabeto, etcétera, y simplemente ya no hay nadie que pueda leer un libro y decir si el autor sabía escribir o no.

Están apareciendo una cantidad de hábiles reportajes disfrazados de ficción, y seguirán saliendo, pero esencialmente creo que falta una cualidad emocional. Aun cuando se ocupan de la muerte, y lo hacen con frecuencia, no son trágicos. Supongo que es lo que podría esperarse. Una era que es incapaz de poesía es incapaz de cualquier clase de literatura salvo esa inteligencia de una decadencia. Los chicos pueden decir cualquier cosa, sus escenas son casi agotadoramente impecables, tienen todos los datos y todas las respuestas, pero son hombrecitos que se han olvidado de cómo rezar. A medida que el mundo se hace más pequeño, las mentes de los hombres se hacen más pequeñas, más compactas y más vacías. Estas son las máquinas mentales de la historia.

Podría escribirle un artículo titulado "La insignificancia de la significancia" en el que demostraría con mi habitual estilo de burdel que no importa un céntimo de qué trata una novela, que la única ficción de peso de cualquier época es la que efectúa una magia con las palabras, y que el tema es sólo la plataforma de lanzamiento para la imaginación del escritor; que el arte de la ficción, si todavía puede llamárselo así, ha crecido de la nada a una síntesis artificial en apenas trescientos años, y ahora ha llegado a tal grado de perfección mecánica que el único modo en que pueden distinguirse entre sí los novelistas es porque escriben sobre los mineros de Butte, los Culis de China, los judíos en el Bronx o los corredores de Bolsa en Long Island, o lo que sea; que todas las mujeres y la mayoría de los hombre escriben exactamente igual, o al menos eligen uno de media docena de procedimientos completamente estandarizados; y que a pesar de ciertas inevitables pequeñas diferencias (muy pequeñas en verdad, vistas de lejos) todo el oficio podría realizarse a máquina, y así se hará cualquier día de estos; y que los únicos escritores que quedan que tienen algo que decir son los que escriben sobre prácticamente nada y juguetean como modos raros de hacerlo.

Pienso que todos ustedes están locos. Me dedicaré al negocio de las películas.

Si usted puede pasar frente a las caras horriblemente idiotas en las gradas afuera del salón sin un sentimiento de colapso de la inteligencia humana; si puede soportar la tempestad de flashes estallando ante los pobres pacientes actores que, como reyes y reinas, nunca tienen derecho a lucir su aburrimiento; si puede echar una mirada a esta asamblea de lo que se supone que es la élite de Hollywood y decirse, sin un sentimiento de angustia: "en estas manos están los destinos del único arte original que ha concebido el mundo moderno"; si puede reírse, y probablemente lo hará, de los chistes de los presentadores en el escenario, chistes que no fueron los bastante buenos para usar en sus programas de radio; si puede soportar el falso sentimentalismo y los lugares comunes de los funcionarios y la afectada dicción de las reinas del glamour (debería oírlas después de cuatro martinis); si puede hacer todo eso con elegancia y placer, y no sentir una oleada de horror salvaje y desamparado ante la idea de que la mayoría de estas personas realmente se toman sus vulgares actuaciones en serio; y si después puede salir a la noche a ver a la mitad de la fuerza policial de Los Ángeles reunida para proteger a los seres dorados de la plebe en los asientos gratuitos, aunque no puedan protegerlos de ese espantoso gemido que produce su aparición, como el destino silbando a través de una caracola vacía; si pueden hacer todo eso y seguir pensando a la mañana siguiente que el negocio del cine merece la atención de una sola mente inteligente y artística, entonces es seguro que usted pertenece al negocio del cine.

El simple arte de escribir. Raymond Chandler. Cartas y ensayos escogidos. España: Emecé. 2004: 326 páginas.